Por: Valentina López Gómez

Emprender un viaje. Preparar las maletas, los cachibaches, la utilería, los libros, las tijeras, una cajita mágica, sueños y miedos de sobra. 

Recorrer kilómetro a kilómetro el camino que acorta la distancia existente entre nosotras y aquellas niñas y niños a quienes conoceríamos en un lugar igualmente desconocido. 

El ETCR Silver Vidal Mora, en el Carmen del Darién, nos esperaba por primera vez. Aunque en años anteriores Bibliotecas a la Calle ya había pisado sus tierras, esta vez, lo hacía junto a una casita de variados colores y formas, la Casa Cultural Botones. 

Amangulados y compichados, ambos procesos nos propusimos crear un lapsus en el tiempo, un bache en la cotidianidad, en el que el juego, el canto, las historias, los colores, las letras y todo aquello que pudiese dar a luz con nuestras manos fuesen quienes guiaran el encuentro y, efectivamente así fue, aunque por momentos no como nuestras mentes aún cuadriculadas hubiésemos querido. 

El primer día, justo cuando el sol y el calor estaba en su máximo esplendor, llegaron a la casona -una estructura elevada, en madera, alargada y atravesada por algunos palos que hacían de vigas- niños y niñas de variadas edades. El sudor que caía por sus frentes, ojos y cuellos, en lugar de detenerlos, avivaba sus corazoncitos ansiosos por lo que propondrían esas muchachas aún desconocidas. 

En círculo, viéndonos a la cara, iniciamos con varios juegos que exigían todo (todo es todo) de nosotros y nosotras. Concentración, coordinación, memoria, pero sobre todo, presencia. Así nos fuimos conociendo, entre saltos, correteos, rimas, cantos y miraditas a los ojos. 

Luego, sentados en varios manteles y telas, la palabra tomó acción e inició su labor de envolvernos, poco a poco, trayendo a nuestras mentes imágenes, formas, movimientos, personajes, mundos otros que, en un ejercicio aparentemente contradictorio, nos elevaba y transportaba a otros espacios, al mismo tiempo que nos hacía preguntas por el lugar que habitamos, por el cómo lo habitamos y con quiénes lo habitamos. 

El segundo día, a la misma hora, llegaron más niños y niñas, esta vez de edades aún más diferentes, lo que lo hizo un reto mayor. Esa tarde, acompañando al juego extrovertido y enérgico y, a los cuentos e historias, una cajita mágica con un visor en unos de sus lados levantó curiosidades. Al proponerles intervenir el escenario existente -una calle y vecindario de ciudad- resultó una amalgama de texturas, colores, olores. La ciudad y la selva coexistian, se alimentaban. “Pongamos un palo de guayaba aquí”, “unas maticas por allá ”, “este musgo”, mucho verde. Con esto listo, nos quedaba construir nuestros personajes, aquellos seres a los que le daríamos voz para que dijesen lo que tuviesen que decir: “el corazón para la comunidad”,  la niña que transitaba los caminos expresando su amor hacia su familia y amigos, el niño que hablaba de los caimanes del Curvaradó…  

Una vez más, las palabras aunadas al ejercicio creativo, nos permitieron recorrer el ETCR, reconociendo a su paso aquellas formas de ser y hacer propias del espacio. Los niños y niñas, con sus particulares formas de decir y ser en el mundo y en especial en un país como Colombia, fueron quienes llevaron el ritmo de las conversaciones y el pensamiento, haciendo evidente, sin ninguna pretensión intelectualoide, aquellas relaciones y contradicciones existentes entre eso que llamamos «selva» y la ciudad.

De nuevo, fueron ellos y ellas, quienes nos bajaron de esa nube de presunciones en la que a veces nos subimos. Lo elemental, sencillo y a la vez profundo y necesario, ha sido lo que estos han reivindicado constantemente. 

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