Aprender, en un sentido profundo, implica caminar, traspasar las rejas que rodean la universidad. Somos caminando. Solo caminando consolidamos o resignificamos  el conocimiento que nos es dado allí. Por eso hay que salir, juntar las aulas con las lomas, poner la teoría al servicio real de las comunidades. Salir y construir con nuestras propias manos  los andamios que hacen falta para seguir avanzando en la transformación imprescindible de nuestra sociedad.

Un montón de bibliotecólogos, algunos en formación y otros ya formados, pero todos en proceso de de-formación, impulsados por diferentes preguntas relacionados con la naturaleza de nuestra profesión y el aporte que desde ella hacemos a la común- unidad, nos dimos a la tarea de tender puentes e hilar posibilidades entre el maremágnum informativo que toreamos en la Escuela Interamericana de Bibliotecología y la enorme cantidad de problemáticas sociales que nos estallan todos los días en la cara.

En una de esas manifestaciones públicas de nuestras preguntas, inconformismos y optimistas propuestas de transformación, llegó Comunaevidente a proponernos la juntanza. Lo que había: un cubículo de madera lleno de libros en quién sabe cuál estado, cuyo techo azotado por las lluvias, no logró protegerlos muy bien que digamos. La intención: construir una biblioteca popular. El lugar: barrio Nueva Jerusalén, sector La Paz. Y ¿para qué?…

La Nueva Jerusalén es un asentamiento ilegal construido sobre un terreno de 62 hectáreas entre los municipios de Bello y Medellín, por lo que su acceso se hace a través del barrio París. Aunque la jurisdicción administrativa territorial le corresponde a Bello, por ser este un barrio de invasión, un barrio “ilegal”, el brillo de la ausencia gubernamental es mucho más fuerte que en otros lugares  y los actores criminales tienen más control sobre el territorio que el mismo Estado. Es así como durante estos casi 10 años de existencia (y resistencia), el barrio ha padecido desalojos forzados en diferentes momentos, mientras el control de los actores ilegales se va agudizando.

Las familias que fundaron la Nueva Jerusalén son en su mayoría víctimas del desplazamiento intraurbano, pero también de otros territorios de Antioquia y Colombia; personas que huían de la violencia paramilitar que aún vive el Valle de Aburrá y todo el territorio Colombiano. Entre ellos llegaron “desmovilizados” del Bloque Héroes de Granada de las AUC, quienes tras el fallido deje de armas, se asentaron con el propósito de controlar el territorio bajo órdenes de la estructura criminal conocida como Oficina de Envigado.

En la actualidad, La Nueva Jerusalén, que empezó con no más de 40 familias, tiene más de 5 mil habitantes y la población crece todos los días. Nacen niños, construyen casas, ponen tiendas, se multiplican los perros, los gatos y sus enfermedades. Montan iglesias católicas, evangélicas, (casi las únicas edificaciones construidas en puro cemento y lo suficientemente grandes como para que quepan todos sus adeptos y los que están por llegar, nada que ver con la Escuelita, un cuarto chiquito, hecho en madera, donde con la modalidad de Escuela Nueva, comparten techo al menos dos grados y dos profesoras al mismos tiempo, turnándose las actividades para que los estudiantes no se distraigan con las clases simultáneas).

Como decía una de las profesoras, estas familias llevan años tratando de construir sus casas y sobrevivir en el intento, sobrevivir a los actores armados, a los deslizamientos, a los desalojos. Una construcción tensionante, improvisada, necesaria, que pese a los años de resistencia y sobrevivencia, no ha generado un sentido comunitario estable, fuerte, duradero, pues no basta con compartir las penurias, con hacer convites para la carretera, con estar jodidos con los mismos problemas. Tantos enemigos comunes no generan necesariamente una empatía y lazos de hermandad. En este mundo hostil, esos enemigos comunes, en vez de fortalecer la juntanza comunitaria, pueden generar desconfianza, miedo, instinto egoísta de supervivencia, recelos. Indiferencia. Y no es algo descabellado, la comunidad se construye, se trabaja, se lucha, no es algo que esté dado sólo por vivir en casas contiguas.

Así las cosas, el territorio carece de lugares que, en medio del agite de la supervivencia, podrían parecer no tan importantes como las casas, las tiendas y tradicionalmente, las iglesias. Estamos hablamos de parques, escuelas, canchas, centros de salud, farmacias y bibliotecas. ¿Acaso no son fundamentales estos espacios para la construcción barrial y comunitaria? Sabemos que sí, pero no cuando estás huyendo de la violencia y tratas de poner a tu familia bajo techo. Pero la tarea está por hacerse.

Hoy, hay quienes están emprendiendo la hermosa y nunca fácil labor, de construir “comunidad”; de propiciar espacios, generar proyectos y trabajar para construir la empatía, la confianza, el sentido de pertenencia, los valores comunitarios, el bien común y las condiciones necesarias para mejorar la calidad de vida de los habitantes de la Nueva Jerusalén. Uno de esos proyectos en marcha es la biblioteca popular del barrio Nueva Jerusalén, emprendido por el colectivo Comunaevidente en  asocio con La Escuela te Abraza. y recientemente acogida por las Brigadas Bibliotecarias del colectivo social Bibliotecas A La Calle.

Pero, ¿para qué una biblioteca popular en una comunidad con tantas carencias estructurales en su calidad de vida? Además, ¿qué clase de biblioteca necesita la comunidad de la Nueva Jerusalén?. La biblioteca popular de la Nueva Jerusalén, debe ser más que un centro de recursos para el aprendizaje, más que una estantería con libros. La biblioteca debe ser lugar de acogida para el pensamiento crítico, la educación autónoma, un apoyo para el aprendizaje escolar, un lugar para que los diálogos comunitarios tengan asidero, que potencie la juntanza barrial alrededor de la cultura, las artes, el debate, los juegos, la participación y conciencia como sujetos políticos, polivalentes y multidiversos. Deber ser un taller creativo que ponga a rodar el ingenio de los niños y los jóvenes, que dinamice los saberes y haceres barriales (porque el talento se desborda por esas bellas colinas). Un lugar para estar y ser juntos, para mitigar las desigualdades sociales, mejorar la calidad de vida de sus habitantes a través del empoderamiento ciudadano que contribuya al fortalecimiento del tejido social y de modo particular a la construcción de paz.

De esta manera, las Brigadas se propusieron acompañar la biblioteca popular de la Nueva Jerusalén en la construcción y consolidación de los procesos que requiera en cada línea de trabajo: formación (saberes y prácticas), mobiliario y mejoras locativas y desarrollo de colecciones. Esto implica que tanto el personal de la biblioteca como la comunidad en la que ésta se encuentra inmersa debía ser partícipe activo de las Brigadas, pues estamos convencidos de que sólo un proyecto construido y ejecutado en la juntanza comunitaria podrá pervivir en el tiempo. Y grata sorpresa nos llevamos, al llegar al territorio y ver a estudiantes, padres de familia y profesores dispuestos y activos trabajando hombro con hombro en las diferentes tareas. Unos construyendo la bodega que se necesitaba para guardar allí los implementos que no podía alojar la biblioteca ni la escuela, una bodega hermosa que lograron terminar entrada la tarde. Otros más encargados de los carteles, la decoración e, inesperadamente, de talleres creativos con los niños y niñas que se acercaron a ayudar. Y otros más, dedicados al expurgo de los fondos bibliotecarios, estos últimos, un poco distraídos entre poema y poema, entre libros con hongos arremolineantes y ejemplares tétricos como uno dedicado a “cómo disciplinar a los niños sin sentirse culpable”. Con los corazones partidos de cuando en cuando al encontrar libros completamente destruidos por la implacable lluvia que logró filtrarse por los techos y las paredes de madera poniendo en riesgo todo lo que  estaba adentro de la infraestructura.

Pero, pese al calor sofocantes, a los libros enmohecidos, y el espectáculo tristón de las peleas de perros, al final del día, la misión se cumplió. La juntanza se hizo, el trabajo se realizó y poco a poco vamos a ir abriendo surcos para sembrar más preguntas, para que la educación, la cultura y las bibliotecas nos pique donde sí rasca, y no sólo a las comunidades, también a los bibliotecarios, a los bibliotecólogos, a la academia, a la institucionalidad. Porque sabemos que las bibliotecas como dispositivos culturales bien pueden servir para mantener un control social y político alienante, o para posibilitar la emancipación ideológica y material de la sociedad. Nosotros apostamos por la segunda opción so pesar de los retos que debamos afrontar.

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