Nosotros éramos antes de que ellos llegaran.
Nosotros estábamos antes de que ellos siguieran viniendo.
Pero nunca lo entendieron.

Alfredo Mires

Que si las bibliotecas tienen la capacidad de moverse a la velocidad del presente, que cuáles son las posibilidades de enunciación de una biblioteca, que qué tan crítico puede ser… 

Cuando hablamos de instituciones estatalizadas, quienes hemos tenido la oportunidad de tener puesto caliente en una universidad pública como la Universidad de Antioquia, no podemos más que coger con pinzas y mirar de soslayo todo lo que provenga del estado, especialmente el colombiano, debido a su abultado prontuario de corrupción, manipulación mediática, políticas de favoritismo con las élites que profundizan las desigualdades sociales, vínculos “legales” e ilegales con fuerzas armadas al margen de la ley, monopolios, mermelada, falsos positivos, falsas promesas, montones de acuerdos incumplidos, etc, etc.

Bien sabido es que los horizontes de instituciones públicas como las bibliotecas, las escuelas y las iglesias, en tanto dispositivos culturales, tienen endilgada la tarea de reproducir unas narrativas, unos valores, unas subjetividades, unos principios que contribuyan a moldear y sostener las necesidades y aspiraciones del modelo de sociedad vigente, y más concretamente, las necesidades, intenciones y aspiraciones de quienes ostentan el poder político: el gobierno de turno, el poder hegemónico. Los dispositivos tienen, como dice Agamben (2011), «la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivos». A ello se debe que, dependiendo de quién de la orden, se destinan o no unos recursos para educación y cultura y se levantan o no y de qué tipo, proyectos sociales para lidiar con asuntos como la salud, la pobreza, la violencia contra la mujer, los derechos de las niñas y los niños, en fin. Cada gobierno trae consigo unas banderas de lucha que entierra en los planes estratégicos y de acción de las instituciones que de él dependen. 

No es fortuito entonces que a veces dudemos de las buenas intenciones de ciertas instituciones. Para la muestra de ello, un Centro Nacional de Memoria Histórica que ahora, y por un asunto de voluntaria miopía, niega el conflicto armado, mira con sospecha a las víctimas y emprende el levantamiento de una nueva Memoria Nacional. No obstante, esta misma lógica encierra dentro la semilla fértil de la esperanza. Pues es evidente que somos los humanos quienes movilizamos las ideas, lo que implica que en dispositivos culturales como las bibliotecas, las pequeñas grietas sean posibles por las personas que trabajan allí. Siempre hay un alguien, en todas partes, que hace contrapeso -aunque sea un poquito-, a las políticas nefastas de quienes buscan acrecentar las brechas de desigualdad, reproducir discursos de odio, señalar y estigmatizar a quien no esté de su lado y demás tretas que ya todos conocemos.

Ilustración donada por Alejandro Valencia Vargas

No reconocer dichas grietas y la humanidad que encarnan los proyectos de mundo y las instituciones, por supuesto, sería una decisión igualmente miope y, peor aún, inmovilizadora por la sancadilla de la desesperanza. Preferimos creer en las palabras de Alfredo Mires (bibliotecario, escritor y uno de los fundadores de la Red de Bibliotecas Rurales de Cajamarca, Perú) cuando dice que la herramienta no tiene la culpa de lo que se haga con ella y, en tanto, podemos usar la palana(1) para abrir surcos y sembrar semillas o enterrar cadáveres, porque si lo que sabemos no sirve para ponerlo al servicio de las comunidades, sólo servirá para aprovecharse de ellas. 

Esta idea de grieta, esa posibilidad de fisura, permite creer que las bibliotecas pueden comprometerse con reflejar algunas complejidades de la realidad, intereses, memorias e historias de quienes han sido marginalizados, excluidos, silenciados, desoídos y oprimidos, pero que en nuestro afán positivista de transformación concreta, tangible y visible, no le perdonamos a ciertas instituciones, la falta de “martillo para darle forma a la realidad”, jugando un poquito con las palabras de Benjamín sobre el arte. Empero esa cincelada es lenta, peligrosa, difícil y se hace a muchas manos. Todo lo que hacemos en nuestros proyectos vitales, pueden no ser más que paliativos frente a la cantidad de monstruos que hace siglos tenemos que torear: “capitalismo”, “neoliberalismo”, “guerra”, “fascismo”… pero ¿qué sería de nosotros hoy sin ese montón de pañitos de agua tibia que con todo y la muerte, han desafiado al tirano?

Tal vez el exceso de positivismo en nuestras vidas, aunque sea marxista en algunos, nos hace exigentes, un poco extremistas, todo o nada. También nos hace cautelosos, claro, habrá que seguir cogiendo con pinzas lo que se entregue de “arriba hacia abajo”, pero también habrá que estar atentos a la forma en que miramos el mundo, la vida. Tal vez a veces, de tanto mirar el bosque de horror, nos perdemos de ver esos arbustos que pese a todo se resisten a no intentar alterar un poquito las estructuras, con cautela, con mañita, a ver si no las arrancan a destajo antes de tiempo. ¿Que le quitan la peligrosidad? ¿Que vuelven la resistencia una guachafita(2) sin profundidad? Tal vez sí, tal vez no, tal vez a veces. Pero tal vez bajo la mesa… tal vez en la conversa… tal vez en la complicidad… cosas inesperadas puedan pasar.

¿Cómo estamos leyendo este paisaje nuestro? ¿Este momento histórico? ¿Qué le estamos pidiendo a la biblioteca? ¿Qué a la educación? ¿Qué estamos dando a cambio?


(1) Palana es la manera en que nombran en Cajamarca, Perú, una herramienta de arado. 
(2) En el lenguaje coloquial medellinense, una “guachafita” es una fiesta, un evento sin seriedad.

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