Por: Luis Fernando Mazón

Unos días atrás (no sabría decir cuántos porque ya perdí la cuenta y, siendo sincero, ni me interesa), todos éramos unas máquinas programadas para algo en común, como aquellas que te quitan el dinero de la manera más insólita y ni te das por enterado de que nunca les vas a ganar. Sí, eso éramos. Todos corríamos de un lado a otro para cumplir un sin fin de compromisos, deberes, caprichos, necesidades. Un no sé qué, no sé a dónde, pero corríamos sin parar, sin importarnos quién, cuál o qué era lo primordial, ni por qué lo hacíamos. Sí, la prisa era tanta que no podíamos ver lo importante. A la vida, no le prestábamos mayor atención… 

Yo ni me dí por enterado de que aquel a quien yo siempre he considerado mi mejor amigo, como un hermano más, enterró a su madre, se ha quedado sin empleo y, su hijo mayor, tuvo que retirarse de la universidad por falta de recursos para cubrir sus estudios. Yo, que supuestamente he sido su mejor amigo, no me di por enterado. Y ¿por qué? pues porque soy un robot que va de mucha prisa cumpliendo metas para las cuales creía estar programado. Siempre de prisa, nada de parar. 

No me daba cuenta de que tenía un hogar por la prisa que tenía al salir a trabajar. Y como resultado, claro está, el cansancio me dominaba y pasaba a ser un robot más en mi supuesto hogar. Ese que yo decía supuestamente amar:

Me levanto, me baño, desayuno y me voy (siempre de prisa) a trabajar. Y la rutina continúa porque no puedo parar. Sí, voy de prisa y no puedo parar. Soy el dueño de todo, me controlo y me dirijo.

¿Sí? ¿Hasta cuándo? hasta ahora me voy preguntando…

A ver ¿y dónde está mi libertad?

Hoy me estoy dando cuenta de lo que realmente tengo, de lo que creo que soy y de lo que creía estar haciendo. ¡Cuán equivocado estaba! creyendo que podía hacerlo todo, pasando por el mundo tan presuroso, trazándome metas sin pedir permiso al universo; desobedeciendo las normas porque me creía el dueño de todo lo que me venía en gana. 

Y hoy, confinado en estas cuatro paredes de un lado al otro, controlado por el miedo a contagiarme, les pregunto, (!y me pregunto!), ¿dónde están los que tenían tanta prisa que no los veo? Pues dónde más, confinados, porque estábamos equivocados. No somos los dueños de nada en absoluto ni lo podemos controlar.

Así pues, les invito (me invito) a valorar lo que la vida nos ha regalado y de tanta prisa estábamos ignorando. Nuestra familia que es el mayor tesoro. Dejemos la prisa, todavía estamos a tiempo. Amemos, disfrutemos y no dejemos de mirar a nuestro alrededor. Ya ven, de nada nos sirvió tanta prisa.

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