Por: Yolima Monsalve

«Si estáis seguros de algo, hacedlo. Si creéis en algo, id a por ello. Que no os coman el tarro, tenéis solo una vida y es corta, se pasa volando. Si creéis en algo que no os digan: sed médico que ganaréis pasta, ¡no! Sed médico si queréis coger a un tío como yo, rajarle y cambiarle el hígado de sitio. El placer. Haced lo que os gusta.»

Jordi Sierra i Fabra

Es 2014 y tengo 19 años –comprenderá que me estoy ubicando en un recuerdo–. Estudio Lengua Castellana y Escritura para Productos Audiovisuales, pero mi proyecto de vida va a cambiar cuando renuncie a estos estudios y viva la dura realidad del que quiere estudiar, pero no puede; hasta que me enamore un poco más de los libros y las bibliotecas y decida estudiar Bibliotecología, donde ya llevo siete semestres construyendo lo que soy ahora y seré más adelante.

–¿Y qué es eso? –me pregunta la gente con cierto desdén.

Mire –pienso yo que debería responder –esta es una carrera en la que usted aprende que los libros no son un simple objeto para ubicar en un estante, sino un dispositivo que bien puede servirle a uno para llenar su cerebro de información, memorizar lo que dicen ciertos autores y recitarlo a viva voz para que otros se den cuenta de todo lo que se ha leído y quieran correr a leerlo también (si es que no le cogen odio y pereza), sacar fragmentos para guardar en diversos lugares (a riesgo de no dar con ellos en el futuro), publicarlos en el muro de una red social o dedicárselos a esa persona especial (cómo no), rayar una tela o empapelar paredes como forma de protesta frente a situaciones injustas, leer con otros y para otros, etc., etc., también tiene el poder especial de transformar la propia vida y despertar las más infinitas ganas de contribuir a la transformación de otras vidas que potencialmente puedan encontrar en esos dispositivos lo que uno mismo ha encontrado o quizá algo mejor o peor.

En el país de los libros, Quint Buchholz

Pero adivine qué, uno también aprende que los libros no son la única ni la más importante herramienta que habita en las bibliotecas, que hay otros formatos físicos y digitales contenedores de información que contribuyen a la formación transformadora de los sujetos, pero que, sobre todo, la verdadera importancia la encarnan aquellos seres iluminados (jaja) que disponen su vida para trabajar con personas que necesitan, quieren o tienen como destino, la fortuna de encontrarse con el conocimiento, la literatura, las demás artes y otras prácticas culturales donde habite un otro con el cual conocerse, conversar y compartir relaciones de afecto, aprendizaje o «intelectualismo», pintarse un presente y proyectarse un futuro lleno de múltiples sentidos, relatos, experiencias y reflexiones.

Adicionalmente, usted aprende que las bibliotecas no son el único espacio que puede habitar un bibliotecólogo; que también se tiene lugar dizque en empresas, museos, archivos, centros de documentación, revistas, casas culturales, parques, medios de transporte, bares, «pantallas» y toda parte donde a uno le de por llegar, ya sea a construir procesos en torno a la gestión del conocimiento, la organización y el desarrollo de colecciones, la alfabetización informacional, la edición, difusión y divulgación de contenidos, la realización de actividades de intervención lectora, la creación y el desarrollo de programas de formación de usuarios (y sujetos políticos capaces de leer, crear y ser críticos de su propia realidad) o, si todavía se encuentra en pañales sobre alguna de esas cuestiones, a aprender; porque también somos sujetos de aprendizaje.

Además, habitamos en tu corazón cuando te leemos en voz alta o te recomendamos ese libro que te hace lector por primera vez o te identifica tanto que no puedes creerlo o te genera emociones inigualables o te jode de por vida (¿Había dicho yo que el libro no era la herramienta más importante? Perdón, para mí sí lo es).

Finalmente, hay quienes hallamos lugar en el proyecto de explorar, construir y tejer memorias, a través de medios académicos y narrativos, presenciales y virtuales, individuales y colectivos.

Nota. Este texto no está recién escrito, pero fue gracias a la cuarentena y a un proyecto muy interesante que he iniciado en el marco de esta misma, que me dio por retomarlo… además, lo encuentro pertinente en tanto hace solo una semana que conmemoramos la palabra y la profesión bibliotecológica en nuestro entorno académico UdeA. 

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