Por: Luis Gabriel Buitrago Pinto

Se acumulan en la memoria del teléfono celular procesiones de publicaciones, memes, invitaciones, hashtag, fórmulas para pasar la cuarentena, decálogos de consejos para trabajar desde casa, para hacer en casa, para hacer nada en casa. Llegan las oraciones sagradas sugeridas y llegan las lecturas sagradas sugeridas: que Bul Chul Han, que Zizek, que el capitalismo on, que el capitalismo off, que el sancocho de Wuhan. Me sugieren preocuparme por la economía, me sugieren preocuparme por la salud del Estado, en síntesis, me sugieren preocuparme.

En realidad, lo que me preocupa de manera vergonzante y póstuma, es imaginar las caras de los arqueólogos de mil años adelante, sus sonrisas incrédulas que preceden la carcajada de cuando se confirma que lo que se observa en realidad es ridículo; al ver cómo los humanos del pasado creían que hirviendo un pelo encontrado dentro de un libro podría salvarlos de la peste, nuestra Peste.

Lo que me preocupa es que en nuestro sarcófago digital, gracias a, o por desgracia de, las mediciones de tráfico, Bohemian Rhapsody esté por debajo de Despacito en el ranking de Spotify. Me preocupa que un japonés que se cortó los genitales para luego ofrecerlos en un banquete, tenga categoría de artista en Google (aunque más preocupante aun es que hubiese quienes compraron ubicación en la mesa). Sin embargo, es una vergüenza, ya lo dije, póstuma.

El sol desnudo, obra de Isaac Asimov en la que se describe un futuro en el que los más poderosos de la Tierra, en un momento límite para la existencia humana, migran hacia un planeta en el que la nula interacción directa es una norma social inexpugnable y como consecuencia, la reproducción se reduce a la inseminación artificial previa verificación de data genética, ya no me parece tan ficcional. En la misma antiutopía los humanos más deleznables se ven sometidos al confinamiento subterráneo en una Tierra de superficie inhabitable, sin distancias mínimas acordadas y donde tener algunos centímetros frente al otro es un privilegio ya extraterreno. La distopía ya me parece vivencial.

¿Conjeturarán la(o)s auscultadora(e)s de nuestro pasado que los humanos de entonces (nuestro entonces), se abocaron a los pronunciamientos de sus filósofos contemporáneos para entender su situación y prever sus futuros, como lo hicieron los humanos de la Peste en Eurasia durante el siglo XIV, a las pitonisas y pastores?

¿Los desenterradores de nuestros huesos dirán que Asimov era un vaticinador? ¿Dirán que Chul Han y Zizek eran directores técnicos de diferentes equipos de fútbol o visionarios incomprendidos? ¿Dirán que son ejemplificaciones de la máxima vernácula que dictamina que “nadie es profeta en su tierra”, para el caso de la Tierra? En tiempos de Covid-19 asistimos a nuestros filósofos-analistas como escuchas de profetas en plaza pública mientras aun buscamos respuestas en las luces en el cielo. En tiempos de Covid-19 nadie se preocupa por Maluma, por su industria, por la [i] institución etérea que representa (con sus valores o antivalores), por sus sonidistas, promotores, cargacables, meseros y la gasolina de su avión privado (lágrimas).

Menos internacionales, más domésticos, pero igual representaciones del mismo tipo de institución como Felipe Peláez, Jessi Uribe, Greeicy Rendón y Mike Bahía (sus promotores creo yo) decidieron que son tan importantes para la existencia, que los habitantes de Medellín necesitaban de su intromisión auditiva para tener consuelo en sus confinamientos. Quizá no tuvieron en cuenta los manejadores de los artistas que en una de las zonas más devotas del Corazón de Jesús en un país consagrado legalmente al mismo, cuatro cantantes, cantando desde el cielo, podrían ser tomados por los cuatro jinetes del Apocalipsis anunciados por trompetas. Todo un revuelo.

Desconozco si los organizadores del infame y cancelado Concierto Aéreo habrán tenido ante sus ojos Sopa de Wuhan, pero su iniciativa, desprovista del mínimo rastro de altruismo (más efectivo habría sido donar directamente lo gastado en logística, mayor a los $16’820.000 recaudados en donaciones, según cifra aportada por el diario El Colombiano, evitando así el despliegue publicitario), parece la acción motivada por el presagio de que esto se puede acabar, de que después del Covid-19 (si hay un después), asistir a los conciertos en masa serán anécdotas del pasado. Me pregunto si le dieron la razón a Zizek y buscan mantener vigencia lo más que puedan mientras se extinguen lentamente o si por el contrario se la dieron a Chul Han y por el mismo motivo hacen tiempo mientras pasa la cosa.

Se asombrarán nuestros nietos de los registros fílmicos de 100 mil peludos y peludas saltando al tiempo en un estadio, de su roce impúdico al tiempo que aclaman a otros cinco peludos que interpretan ‘música pagana’. ¿Se sorprenderán los expertos del futuro en nuestro presente y darán clases en las que se estudie a Maluma, Ed Sheeran o Billie Eilish como simbolismos de la caída del capitalismo? ¿Serán los grandes centros de aglomeraciones (estadios, salas de eventos, salas de cine), puestos en el mismo nivel que el Coliseo Romano? Por el momento, me preocupa Maluma.


  1. [i] Denomino “institución etérea” a aquella que como en este caso, no pertenece a las organizaciones formales de Estado, pero que aúna sentires y motivaciones sociales que cohesionan a los individuos en torno a objetos (seres humanos cosificados más por el nivel de deseo que despiertan que por la virtud de su hacer).
Share This