Por Luis Fernando Mazón

En esta situación que nunca hemos estado acostumbrados a vivir y menos de la manera que hoy estamos afrontando, sin haberlo previsto, sin haberlo contemplado, de repente se nos frena, se nos paraliza, se nos detiene de una forma instantánea la rutina o la monotonía en que a diario vivimos, solo direccionados en algo puntual; estando siempre en un círculo que nos impide ver más allá… y sin darme cuenta, estoy acá, encerrado, maniatado, en un lugar en el que siempre estoy acostumbrado a estar, pero no me había dado cuenta de su valor como tal. 

Y les digo esto, porque este lugar al que yo llamo hogar, el que me permite llegar a descansar, ese que me recibe, me contempla, me alimenta, me cuida, me cubre de la lluvia y de la tormenta, me envuelve en amor, paz y quién sabe cuántas cosas más, es precisamente en el que estoy hoy, aprendiendo a valorar. Y digo esto también, porque en este lugar, hay una persona muy especial que se hace invisible ante los demás, que se encarga de todo lo que acabo de mencionar. Ella es la que corre, la que se preocupa pensando en cuándo voy a llegar, para tener lista la mesa en la que me voy a sentar; un lugar impecable en el que me voy a desplazar, una cama tendida en la que mi cuerpo va a reposar y eso por no mencionar muchos detalles más. Aun así, cuando me preguntan: qué hace tu esposa o tu hermana o tu madre, según el caso, respondo muy orondo y sin dudar: nada, en la casa, no trabaja.

Imágen cortesía:
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Hoy les digo que me da vergüenza de mí y de los míos. Cómo es que no valoramos a esas personas, a esos seres queridos que lo están dando todo en nuestro hogar, partiéndose  el lomo para cuando nosotros, los que estamos por fuera, ingresemos a casa, podamos sentirnos como unos reyes; pero aun así, después de tanto esfuerzo, ¿valoramos a esos seres que supuestamente amamos tanto y que dan todo de ellas para recibir tan poco? y digo tan poco por no decir nada. 

Llega el borracho mal olido y en estado desagradable, y ¿qué genera? la respuesta es obvia. El hijo desagradecido exigiendo ¡sírvame pues que traigo mucha hambre!, ni un saludo cordial para ella hay, pero ella sin mediar palabra alguna para todos, incondicional está; y sin nada más mencionar, a la cama triste se va, para el día siguiente una nueva rutina comenzar.

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