* Este título se lo debemos al maestro Alfredo Mires y a su reciente conferencia titulada «Comunidad y pandemias».

“La decisión de don José apareció dos días después. En general no se dice que una decisión se nos aparece, las personas son tan celosas de su identidad, por vaga que sea, y de su autoridad, por poca que tengan, que prefieren dar a entender que reflexionaron antes de dar el último paso. (…) En rigor, no tomamos decisiones, son las decisiones las que nos toman a nosotros.”

Todos los Nombres, José Saramago

Así como a don José, la decisión de ser colectivo se nos apareció hace casi dos años. Siendo pequeños entusiastas en una espiral de causalidades donde nos tomó la decisión de “defender lo obvio”. Una decisión que llegó, quizás, gracias a la feliz coincidencia de haber tenido una particular camada de buenos maestros en nuestro paso por la Universidad. Maestros que pese a la aridez y ciertos mutismos, fueron sembrando en nosotros, a través de los años, respeto y legítima confianza en el lenguaje como potenciador de lo humano. Tal vez hayan sido sus palabras y las palabras que gracias a ellos nos fueron habitando, que nuestro corazón y nuestra voluntad fue germinando en la defensa de la lectura, la escritura y la oralidad -LEO- como prácticas sociopolíticas y culturales con la capacidad de transformar e interpretar la realidad en tanto orienta la acción de quien produce y es receptor del lenguaje, así como de las instituciones para las cuales la palabra escrita, hablada, leída, cantada, escuchada, susurrada, es combustible para erosionar la tierra infértil y sembrar nuevas posibilidades de futuro, como las bibliotecas, por ejemplo. 

Para el momento de escribir esto, llevamos alrededor de un mes en encierro preventivo intentando quedarnos en el mundo de los vivos un rato más. Pese al horror que no describiremos, estos días donde la única certidumbre es la incertidumbre, como bien dijo el maestro Alfredo Mires, al compartir a través de una conferencia virtual, un poco de lo que su corazón y su mente palabrean por estos días agotadores de encierro universal, cada día constata la necesidad que tenemos como humanidad de evitar “el despojo violento de la palabra” en palabras de Paola Roa.  La palabra ha sido la protagonista de la pandemia que a través de lecturas en voz alta, clubes de lectura, “mercados de palabras” por WhatsApp, dedicatorias literarias, libros libres, debates, conferencias, etcétera, etcétera, ha surgido en estos días como un aguijón punzante a clavarse en nuestros pechos, cabezas y lagrimales; algo así como el Punctum del que habla Roland Barthes. De esa manera, los lenguajes sensibles de la literatura, han interpelado nuestras ideas de mundo en estos tiempos de encierro preventivo y coronavirus, en tanto ha sido esta, una de las principales herramientas utilizadas para llamar a la calma, al regocijo y la esperanza en tiempos tan impredecibles e incomprensibles como los de hoy.

Ilustración donada por Alejandro Valencia Vargas

Más allá de la opinionitis de la que habló Alfredo en su conferencia, necesitamos escuchar los silencios escondidos dentro de nosotros por tanto ruido foráneo, dentro de nosotros como individuos, dentro de nosotros como familia, amigos, vecinos, comunidad… guardar silencio que no es mutismo, sino escucha activa, atención a lo importante; cultivar palabras endémicas, nuestras palabras y que ello sea el jarabe contra la estupidez de creer que todo será resuelto por los de siempre y con las mismas estrategias de manipulación mediática, paliativos económicos, píldoras en vez de comida, miedo en vez de cambio, rechazo en vez de solidaridad. 

La situación de pandemia que ha hecho colapsar al mundo, debe hablarnos; debemos escuchar el lenguaje de la vida, del planeta. Escuchar adentro de nosotros cuando seguimos mecánicamente llenándonos de argumentos academicistas para transformar modelos de manera “estructural”, cuando es nuestra estructura íntima y nuestra idea de humanidad la que tiene que cambiar y ello no podrá ser sentenciado con decretos y Fast Track. El maestro Mires dijo que ninguna vacuna solucionará el virus mental que nos impide ver la vida, que el problema es no mirar hacia adentro y creer que lo que vivimos, es vida. ¿Cómo nombrarnos en estos días, cómo nombrarnos luego? Este encierro corpóreo se parece mucho al encierro mental que muchas veces sentenciamos a plena luz del día. 

Nosotros nos juntamos creyendo en la fuerza transformadora del lenguaje, queriendo defender las bibliotecas como instituciones fundamentalmente sociales que están al servicio de las comunidades. Ahora, luego del siniestro pandémico, reafirmamos que si el espíritu no se cuida y se alimenta como el cuerpo, ninguna vacuna podrá salvar nuestra humanidad de las consecuencias de nuestra propia huella en el mundo. El respeto por la vida, por la tierra, por el otro, no se decreta. No habrá sistemas económicos ni políticos que nos salven de nosotros mismos. La lectura (¿el lenguaje quizás?), no nos hace mejores personas, sólo potencia lo que ya somos, dice el profesor Didier Álvarez. ¿Podemos reconocernos en el espejo? ¿Reconocemos a estos que vamos siendo?

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