Por: Viviana Mazón

Estos no son tiempos de andar dando respuestas, 
a lo sumo de compartir atisbos de cordura, 
señales de locura, 
pistas para seguir andando.

3 de abril de 2020. Es viernes. Me levanto a las 6:00 a.m. muy en contra de mi voluntad. Baño de agua fría, cereal y café. Computador encendido a las 6:30 a.m., lista para conectarme a la reunión de 7:00 a.m., luego abrir otra pestaña para la clase de 8:00 a.m. Dos oídos, dos encuentros simultáneos. Seguro que para eso son, pero nada, me entra por uno y me sale por otro. Algo toca silenciar. Ojalá pudiera ser el mundo entero el que se quedara en mute o al que se le cayera el internet. Creo que eso sí sería la catástrofe más maravillosa del mundo mundial. ¡Estar incomunicados! Sin internet colapsa el mundo. Dios mio, sin canales nacionales echándole piropos al subpresidente que alardea con millones y millones de ayudas que nadie ve. Las palabras se van chocando. 

Asamblea virtual a las 10:00 a.m., almuerzo, reunión hasta las 4:00 p.m., grupo de estudio de 5:00 p.m. – 7:00 p.m. y círculo de mujeres de 8:00 p.m. – 10:00 p.m.; Saramago y Todos los nombres, lea un capítulo diario para que le rinda el tiempo. Acuéstese para que madrugue. Quesito y bolsa de leche descremada. Pero descanse un ratico. No puedo mamita, tengo que terminar. Me duele el brazo derecho, la espalda. Haga ejercicio para que no se tulla. La cara me duele, tengo la alergia alborotada; esa que, dijo el médico, me despertó por estrés y nunca se fue. Paro en seco y trato de escribir. 

Empezar por las cosas buenas, hablar en positivo. Me gusta callejear y tocarme la cara, quién iba a pensar. Extraño la U, soñé con ella. La Biblioteca Central y la fuente eran una piscina gigante. Había gente acampando en todos los bloques: niños, ancianos, novios y muchos estudiantes asamblearios con camas armadas. Había una de barandas metálicas blancas con arabescos dorados, otra café, viejita, de madera; muchas colchonetas y un cangrejo con tres ojos en el sexto piso del bloque 12. Seguro fue un sueño porque el bloque 12 sólo tiene tres pisos, pero era un sueño tan feliz. Tuvieron que convertir la plazoleta central en piscina, porque la piscina estaba repleta. Vi al jefe del Cicinf en pantaloneta de baño preparándose para una maratón, Manuela y Conny sacando libros de los lockers. El cielo estaba clarito y el sol brillaba lo más de bonito, como cuando se pone el arcoiris haciendo puente entre la fuente y la Carlos Gaviria Díaz. 

Sólo hay una cosa que definitivamente no extraño y es la única cosa que persiste pese a todas las cláusulas de permanencia in situ, pese a las ridículas multas, los toques de queda y la cuarentena obligatoria. No extraño y persiste ver gente en la calle tratando de sobrevivir. Pidiendo una moneda, vendiendo confites, tapabocas, guantes… el periódico… tenemos que estar muy jodidos y tener el corazón muy podrido para aplaudir el gasto público en detectores de calor para cazar infractores del encierro, para sacar policías a multar vendedores de mazamorra o aguacate. Tenemos que estar muy jodidos si aplaudimos la destreza de nuestros políticos para dar re-apertura a hospitales que dejaron morir por negligencia. Muy jodidos si aplaudimos la política de salud mental, meses después de que la vicepresidenta dijera que las muchachas no deberían seguir estudiando psicología ni trabajo social porque ya había muchas y eran muy mal pagas. Cagados, con el agua lejos y las uñas largas tenemos que estar si aplaudimos el teletrabajo y las recomendaciones de Caracol para pasar un buen día en casa después de que la ministra del interior dijo que a un ingeniero de sistemas no había que tenerlo todo el día en una oficina y con un par de horas bastaba.

¿A qué carajos estamos jugando a lo bien? ¿A aplaudir al presidente por su labor? No seamos tan pendejos. Sigamos así, juiciositos, confiando en la buena voluntad y en las mentiras del estado. No nos organicemos y quedémonos sentados en la poltrona, creyendo que todos tienen casa y poltrona para hacer lo mismo. Es posible que entremos en recesión económica, que haya un colapso financiero terrible, pero de seguro no serán los “ricos y poderosos” los que pagarán los platos rotos de la irresponsabilidad, avaricia, corrupción y desigualdad que nos corroe.

Todavía me hierve la sangre al escuchar el subpresidente de Colombia, dándole el pésame a las familias que han perdido a sus seres queridos por el coronavirus… ¡Colombia es una fosa común, por amor a dios! Justo antes de que nos mandaran a confinamiento, la Ministra del Interior (sí, otra vez ella), decía que en Colombia “mueren más personas por robo de celulares que por ser defensores de derechos humanos”, que tampoco es para tanto. Me salen tantas groserías que mejor no escribo ninguna, pero imagínense las peores. Estoy embadurnada de palabrotas, de “cómo es posible”, de “no sean descarados”, de “en serio les creen”… el descaro hecho país, la ridiculez hecha mundo. Es el virus que nos está matando. 

Suenan sirenas cada dos por tres. Acá los muertos a bala siguen cayendo. Pero normal, al menos no son por coronavirus…

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