Por: Santiago Velásquez Yepes

Ya nadie recuerda desde cuándo la esquina es un depósito de basura, pero muchos vecinos del sector preferirían cambiar el uso del suelo de aquel lugar donde se juntan la calle y la carrera. Estoy seguro de que ver un jardín allí es la fantasía más común entre los habitantes de la zona. Múltiples solicitudes han sido enviadas a la administración local para que tome medidas, pero todas terminan desapareciendo en el remolino burocrático. De ahí que las ratas, los perros callejeros y quienes viven del reciclaje sean asiduos visitantes de la esquina. Aunque esta no siempre es un basurero. Después del paso del carro recolector es posible ver desnudas su pared y su acera por unos cinco minutos, lapso después del cual las bolsas repletas de residuos aparecen de nuevo como si se tratara de un prodigio de la materia que decidió, por sí misma, convertirse en desechos sin la necesidad de contacto con ser humano alguno. Hecho que resulta fascinante pensar por lo poético de la idea, pero que queda descartado por su irrisoria improbabilidad: ¿cómo puede algo convertirse en basura sin intervención humana? 

La esquina podría ser olvidada si no fuera porque de tanto en tanto se inicia una pelea entre dos o más de los y las que se surten del rinconcito putrefacto. Elevan palos, se ofrecen puñaladas y se insultan repitiendo una y otra vez las mismas dos groserías o las mismas tres explicaciones del acto bélico. El conflicto se acaba cuando alguien abandona el territorio. Situación que propicia un espectáculo de gritos frenéticos que quien vence dirige a su oponente por largo tiempo, así éste último hace rato no pueda escucharlo, pues se dejó tragar por la oscura soledad de las calles. Se podría deducir, entonces, que quien gana hace semejante exhibición con la intención de que todos los seres vivientes alrededor nos enteremos de su triunfo.  

Durante los primeros días de la cuarentena las personas acechando la esquina incrementaron. Se les veía revisando las bolsas allí abandonadas, cuyas entrañas iban siendo tomadas como botín de guerra o esparcidas por el suelo. También se hicieron más frecuentes policías rondando las calles. Cuando no eran motos con fuertes luces rojas y azules pasando muy despacio, eran carros con aturdidores altavoces pidiendo a la “comunidad” quedarse en casa. A las personas que estaban en el ejercicio de revolcar la basura, no les decían nada, no se metían en sus asuntos, a menos que estuvieran construyendo un cambuche o, de hecho, ya estuvieran en él durmiendo plácidamente. Si así era, les despertaban, les hacían recoger sus cosas y les pedían que se retiraran.

De esta manera, la calle se convirtió en un fluir, ya no de carros, sino de almas para las que detenerse se había convertido en un nuevo privilegio. Les empezamos a ver pasar cargando pesadas bolsas y pidiendo comida a quienes estuviéramos asomados en ventanas o balcones. Recuerdo a una de las almas flotantes que pasó por aquí. Después de que le tiré un pan y un yogurt desde un tercer piso, se los llevó a la cara y los aspiró profundamente como si hace mucho tiempo no oliera comida fresca o como si necesitara volver a un rincón esquivo de su memoria solo accesible por el olfato. En todo caso, algo se movió en su interior porque no pudo continuar su trayecto. Se sentó encima del costal que venía cargando y rompió en llanto, a la vez que empezó a soltar palabras a gran velocidad. Únicamente pude entender dos frases de todo lo que dijo: “los policías están dando mucho palo” y “me provoca irme a pie hasta Bello y volver”. Eran las 11:00 p.m. y Bello estaba aproximadamente a 10 Kilómetros.

No pude seguir su conversación. Ni siquiera sabía si él se estaba dirigiendo a mí o si, presa de la impotencia, yo no quería que se estuviera dirigiendo a mí. Quedé inmóvil. No sabía qué hacer, cómo ayudar, qué decir. ¿Darle más de nuestra comida ayudaría cuando claramente lo que necesitaba era descansar? ¿Brindarle un poco de la ropa y las cobijas que no necesitamos podría ser bueno teniendo en cuenta que, aparentemente, su costal estaba lleno de cosas como estas y que los policías lo estaban moviendo de todas partes? ¿Recomendarle que vaya a alguno de los lugares donde le pueden brindar ayuda especializada a sabiendas que personas como él conocen muy bien lo macabro que puede llegar a ser el ambiente en centros como esos o lo sobrepoblados que están? ¿Abrirle las puertas de nuestra casa? ¿Es esta última una opción en medio de una pandemia, de un aislamiento social obligatorio y de las historias de violencia a las que estamos acostumbrados en nuestro país? Me pregunto: ¿Será que en Colombia el aislamiento social obligatorio fue decretado hace mucho tiempo atrás? 

Tuve a un ser humano cara a cara, lo miré a los ojos desde mi balcón y no pude hacer mayor cosa para ayudarlo. Sin embargo, me niego a sentirme culpable por ello. Me niego a recibir la vergüenza que les corresponde a quienes han jugado un papel crucial en truncar el camino de las políticas necesarias para la distribución equitativa del bienestar. Me doy cuenta de que toda la impotencia que siento solo podrá convertirse en lo contrario si persisto en mirar a los ojos, de la misma manera que lo hice con el hombre del costal, a toda criatura viviente mi alrededor. Han pasado los días y cada vez son menos los seres sin techo que deambulan por esta calle. Aunque, sinceramente, tengo la duda de si realmente han disminuido o ahora salgo menos a mi balcón. No me puedo dejar quitar eso también. 

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