Por Santiago Velásquez Yepes

Le voy a hacer una fiesta de cumpleaños, ¿no es muy riesgoso?, qué va a pasar, somos unos poquitos, cómo no le voy a celebrar los 93. Todavía el Gobierno no había decretado el «aislamiento social», pero ya circulaban muchas recomendaciones sobre no hacer reuniones. No hagás la fiesta, mirá los riesgos, ¿ustedes van a venir? Vengan y acompañan a mi viejito, no, no vamos a ir, es muy peligroso, lo podemos infectar, listo, entonces no vengan, ustedes se lo pierden. Nada pudo parar la celebración. Cinco familiares cercanos visitaron al anciano, al que ya solo le quedaba una rayita de visión y un hilito de respiración, aunque todavía mucho de entendimiento y conversación. Pasada la celebración, llegó la crisis pulmonar, la misma que le daba cada año por estos días. Solo que esta vez la cotidianidad poco tenía de parecido a la de tiempos pasados. 

En el hospital lo recibieron como un paciente «normal», condición que se fue degradando a medida que empezaban a circular con mayor frecuencia informaciones cruzadas sobre el virus. Sus síntomas se ajustaban muy bien a lo que según expertos y testimonios les pasaba a los cuerpos infectados. Entonces lo aislaron. Todo el piso fue evacuado. Incluso su pareja, quien lo venía acompañando, recibió la orden de desalojar el espacio. De manera que el viejo quedó al cuidado de una sospecha de infección y a la espera de una prueba para constatar o descartar el contagio. La mujer aprovechó para ir a casa, descansar un poco y tomar aquellas pertenencias que necesitarían para la hospitalización. Cuando se preparaba para regresar, recibió la llamada cuya intuición había pronosticado, pero su deseo negado. Murió, ¿a qué horas? Dos horas atrás, ¿por qué hasta ahora me avisan? No habíamos tenido tiempo.

La recibió el freno en seco del vigilante. Ese paciente no está en la habitación que usted me dice, es que a él lo iban a trasladar, espere ahí a un ladito yo lo ubico, si se murió seguro está en la Sala de Paz. En esta parte nosotros ya habíamos llegado. Los tres fuimos al punto de pacificación de los cuerpos, donde nos dijeron que aún no había llegado el que estábamos buscando. De regreso a la puerta, el vigilante, tal vez un poco conmovido, dejó pasar a la nueva viuda para que resolviera lo del paradero de su muerto. El edificio se la tragó con su boca repleta de granadas biológicas diminutas explotándole en la piel.

Nosotros la esperamos afuera, en ese afuera que era totalmente nuevo después de dos semanas de confinamiento. Pasar por la portería del edificio, tomar un taxi, darle monedas a un sintecho, eran todas acciones desconocidas, pues ahora éramos conscientes de partes de nuestro cuerpo que no sabíamos que tenían contacto con el mundo. Tanto así que pronto me arrepentí de haberle preguntado a un taxista cómo habían estado estos días. Los sonidos de su respuesta no los escuché, ya que toda mi atención se concentró en la partícula de saliva que viajó de su labio al mío. Después de esto empecé a modelar toda la propagación del virus por mi humanidad. Penumbra que fue interrumpida por la imagen de una enfermera que se persignaba y se encomendaba a Dios antes de emprender el camino a su hogar. ¿Quieres que te acompañemos? ¿Ustedes también van hacia allá? No, pero podemos ir contigo y luego nos devolvemos. Nos contó que todos los días sale a esta hora, pero que la cuarentena multiplicó las amenazas habituales de la noche y de una mujer en la noche.

Cuando regresamos, la nuestra ya nos estaba esperando. Nos contó que le habían dicho que ahí lo tenían, pero que no lo podría ver, ya que era un posible positivo. Si bien murió sin que le hicieran la prueba, la sospecha no había tenido el mismo destino. Entonces tuvimos que esperar en la Sala de Paz a las disposiciones de la funeraria. El funcionario de allí nos explicó que el Ministerio de Salud había emitido nuevas directrices sobre el manejo de la situación, las cuales consistían básicamente en que el hospital era el encargado de hacer el primer embalaje del cuerpo. En palabras corrientes, eso significaba que tenían que envolverlo en plástico, de lo contrario la funeraria no se lo podría llevar. Además, teníamos que autorizar la cremación del cuerpo porque no había otra opción. Así que debíamos olvidarnos de cualquier esperanza de verlo antes de ser convertido en cenizas. Nada de velaciones ni rituales de despedida. 

Después de tres horas de espera, llegaron los de la funeraria. Eran dos hombres equipados como para ir a la luna. Nos repitieron lo que el funcionario ya nos había explicado. Si el cuerpo no está embalado, no nos lo podemos llevar. En el hospital no lo habían hecho, pues la disposición del Ministerio era tan reciente que ellos todavía no estaban preparados para implementarla. Los hombres de blanco nos dijeron que no nos preocupáramos, que ellos iban a llamar a otra funeraria que sí estaba autorizada para hacer embalajes y que se podría encargar del caso. Nos pidieron que les firmáramos unos papeles y nos dijeron que nos podíamos ir. Regresamos a casa sin certeza de qué pasaría con el cuerpo. 

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