Por: Hasbleidy Rivera Cano

Luis García Guerrero, Lepidóptero (o Mariposa), litografía, 1975.

Fecha de caducidad 

Hoy es lunes ¿Y ayer? Lunes ¿Y antes de ayer? Lunes… ¿Y mañana?

Este día estuvo allí desde siempre, señalado como un punto en la línea recta del tiempo en un día indeterminado del futuro. El colapso llegó como una equis marcada en el calendario que indica un compromiso molesto, pero ineludible; de esos que uno pospone todo lo que puede, pero de que llega ¡llega!

A cada uno se le vino el día encima en su situación particular. Quedamos atrapados en el punto de la vida en que íbamos como mariposas atravesadas por un alfiler. 

Sé que aquí donde quedé cuento con alguna ventaja, no privilegio. Mi ventaja se esconde en una pulsión persistente por poner mis manos en la tierra como lo hicieron antes mi mamá, mi abuela y su madre. Esta idea fija de mi espíritu llevó a que mi lugar de residencia sea hoy una loma empinada con vecinos en la montaña de enfrente y paisaje sonoro de pájaros, grillos, abejorros y río.    

Insisto en que no es un privilegio, lo poco (mucho tal vez para algunos) que ahora tengo: una carrera, una maestría a medio empezar y un potencial empleo, son el producto de luchas (luchadoras) históricas y me niego a que esa palabreja me equipare con multimillonarios, súper ricos y súper-súper ricos miserables que heredaron su corona, nacieron resguardados del mundo y sus peligros, los mismos que sus propios predecesores provocaron y a los que ellos dan continuidad; porque no puede ser una situación de privilegio una burbuja que puede irse al carajo si se acaban los recursos.   

Hoy lunes en todo caso, no tengo que preocuparme por el alimento y por si fuera poco cuando estiro las piernas me quedan las botas untadas de tierra. Agradezco infinito mi fortuna, sin embargo…

Ellas

De repente, en este lugar particular al que quedé fijada, llegan multitudes; me acorralan todas las aspiraciones reales e imaginarias que tuve alguna vez en la vida. Cierro los ojos y puedo verme a mí misma soñando con ser compositora de música para piano, una idea salida de quién sabe dónde, porque hago parte de una familia en la que no se toca ni la pandereta. Miro a esa niña de siete años, me agarra de la falda, alza su rostro y nos miramos en silencio. Me produce ternura.

Ella no viene sola, llega antes de las otras nomás. Detrás viene una cantante, una bailarina, una chef, una estríper, una psicóloga, una peleadora callejera, una ecoaldeana hippie, una escaladora, una médica china, una ladrona de bancos, una monja budista, una chamana, una puta, una santa… Todas me estrujan, me reclaman, me jalan el cabello, la falda, la blusa… y quedo ahí desnuda y con frío. Detesto el frío… 

Lloro. Lloro por todas ellas, una represa colapsa. No recuerdo cuándo la fue la última vez que tuve tanto tiempo para llorar. Lloro mientras camino, mientras cocino, mientras me baño. Lloro en el almuerzo, ya no me importan los presentes, tampoco doy explicaciones. Lloro para quedarme dormida. Lloro mientras reviso el celu y veo los afanes del mundo caerse en pedazos.

En la reunión por Meet también lloro, con la cámara apagada y el micrófono en silencio. Pero está bien, quiero llorar, llorar con ganas y sin medida, porque estar bien no es respirar profundo y estirar el cuerpo en distintas posturas para reprimir la historia, la mía, la del mundo que me tocó. 

Este lunes me llega tal como le llega al planeta, como un reclamo urgente. Lo atiendo como se merece:  lágrima, moco y estas notas que ahora escribo. Espero que sirvan, aunque sea de terapia.

Desde la ventana

Todo el mundo que dejé atrás antes del lunes sigue allí represado. El compu me mira desde una esquina de la habitación con recelo, casi puedo escucharlo tic-toc-tic-toc. A veces creo que va a salir espuma de ese aparato de lo enojado que ha de estar por mi improductividad, pero a la m°$%&#.  

Tan irreal es el mundo en el que veníamos patinando, que pudo continuar desde la virtualidad y aún más frenéticamente. Espero sinceramente que de tanto tragar energía para impulsar la maquinaria ficticia del tiempo lineal, hecho de calendarios, tareas y productos, por fin estalle y haga nacer otro mundo; ¿uno mejor? No sé, OTRO.  

Allí, afuera de mi ventana, hay un montón de tierra (rastrojo, diría mi abuela) y no hay nada que me haga más ilusión que la espiral de plantas medicinales y aromáticas que estoy haciendo con mis manos, ya que puedo, ya que la vida me lo permite. Termino estas líneas, respiro hondo, estiro el cuerpo y cierro mi libreta antes de que me coja la menguante.  

Gabriel Buitrago.
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