Por: Viviana Mazón

Yo también quiero un mercado, dijo mi papá. Abrí lo ojos descreyendo lo que oía. ¿Y para qué un mercado si usted no lo necesita? pero yo también tengo derecho, es que yo también pago impuestos, soy estrato 2 y no estoy trabajando, ni siquiera me va a llegar pensión porque las horas de cotización se me las robaron. Me cayó como balde de agua fría la lógica exigencia de mi papá. Me sentía avergonzada con él, conmigo, con las familias que ni para el diario tienen. La cabeza se me llenó de cuestionamientos. Desde que comenzó el aislamiento preventivo he venido trabajando en campañas de recolección de fondos y donaciones en especie para apoyar a quienes no la tienen fácil por estos días. ¿Será que mis papás necesitan algo y yo no me he dado cuenta?, ¿no será injusto quitarle el mercado a quienes realmente lo necesitan? oh, divina culpabilidad, cargo de conciencia, mis papás están mal y yo mirando afuera. No, no es eso. Es que yo también tengo derecho, dice mi papá… ¿usted sabe lo humillante que es tener que esperar una “caridad”? Es que no es caridad, ¡es la renta básica universal que todos deberíamos tener! juemadre. La profe Sandra me encendió otras alarmas…

Imagen cortesía
Rodrigo Diaz Roldan

La vicepresidenta de este platanal, Martha Lucía Ramírez, dijo que los colombianos no pueden estar “atenidos a ver qué hace el Gobierno”. Qué ira mala la que sentimos más de uno. Atenidos esos sinvergüenzas políticos de mierda que viven como reyes a expensas de esta manada de pati rajados que somos el 90% de la población del país. Atenidos ellos que trabajan un cuarto de lo que trabajamos nosotros, pero por 33,3 salarios mínimos de más. Definitivamente, no es mi papá un atenido por exigir sus derechos después de haber trabajado más de cincuenta años para aportarle su miseria a las arcas de la nación, mientras esos desgraciados malos padres de este apátrido platanal, piensan en salvar su propio trasero y el de sus amigos banqueros y empresarios a expensas de nuestro eterno sudor. Todos los problemas de este país son culpa de esos cerdos miserables. Toda la vida cambiando de dueño sin cambiar de mano. Un estado de sitio permanente, una caterva de vivarachos metiéndonos terror para mantener en la mítica trastienda, la libertad, la vida digna, la disminución de las brechas sociales. En este país no es que llueva, sino que no escampa. Vida hijueputa, ¡a ver el mercado de mi papá!

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