Ahora sé que tener un vecino policía no es necesariamente chévere y que la cuarentena no es para todos. ¿Quién nos protege de quienes deberían protegernos? 

Música, gritos, licor, mujeres, golpes. «Mire como me dejó el ojo de morado… ¡mire como me pegó!», dice ella. «Como se le pega a una zorra», responde él. «Pero ¿cómo me dice perra?», dice ella. «Relájese que perras somos todas y a todas nos dan por el mismo hueco», responden otras. «No sabe beber, nos va a dañar la fiesta», dicen de ella, todos ellos, todas ellas… “No se meta en problemas de pareja que sale perdiendo usted, queda como el sapo y ellos mañana se arreglan”. Puñalada marranera 1, sororidad 0. Punto para el patriarca enquistado en el espíritu.

Pasa la moto de la policía… les pita para saludar. Se sigue de largo mientras la fiesta en casa del policía continúa, con gritos, golpes, insultos y música para toda la cuadra… Es tan fácil callar, tan fácil decir «ni para qué denuncio si son unos corruptos.» ¿Quién nos protege de quienes deberían protegernos?

Pero esto sólo fue una fiestecita, estaban borrachas al fin y al cabo… no como esa otra señora, sobria y sombría, tratando de salir viva de la cuarentena, tratando de que al hombre no le de por darle fuete porque la aguapanela quedó fría o porque no hizo rendir el arroz o porque si… no… a veces… siempre… por los siglos de los siglos o hasta que el cuerpo aguante. 

Es otro día de algunos metros cuadrados de movilidad. Salgo al balcón a respirar, pero mejor me entro. Hay una señora de avanzada edad, predicando a gritos la palabra de dios. Las gentes de la panadería, en su mayoría hombres, se parten de la risa porque otro anciano, un habitante de esta calle, “la torea”. Se arma la algarabía. El jolgorio de quien disfruta de la escena pública cuando de burla se trata. Cierro la puerta del balcón para evitar la escena.

Voces, gritos y burlas, se filtran por los intersticios de la puerta. Silencio. Salgo a ver cómo terminó la vuelta. ¿De repente solo hay silencio? Eso no es tan normal en la vida real. Usualmente, si no me falla la memoria, hay transiciones.

En efecto, la anciana que predicaba con fervor y gritos, está sangrando. La policía trata de invertir el mínimo de energía y esfuerzo en aplacar el show. El hombre habitante de esta calle golpeó a la mujer, no sé cómo, pero le abrió la cabeza. Uno de los policías hace el amague de aparentar que le importa, preguntándole algo a la anciana. El otro policía bosteza mientras mira la pantalla de su celular. Qué pérdida de tiempo llamarnos para separar a un par de locos peleando, por mí que se maten; habrá pensado alguno después de unos minutos y unas palabras de reprenda que imagino fueron: “a las mujeres no se les pega” y “en la calle no se grita”.

La policía no está. La anciana que predica no está. El hombre agresor y abridor de cabezas sigue en su calle, pidiendo una moneda a cada carro que para en la esquina. Una mañana sin novedad. Aquí nunca pasa nada.

Las escenas más terribles se me quieren meter a la cabeza, pero correteo por la cocina, el baño y el pasillo de mis distracciones, para que no me alcancen y me muera de rabia o tristeza. 

Cosa azarosa esa del patriarcado, eso de que sigamos siendo las mujeres las que más mierda comamos y creamos que así son las cosas. Ni las “profesionales” se salvan. Triple jornada. Sextuple… cuadrúpedas. Comida, casa, hijos, clases, trabajo, estudiantes. Todos los problemas. Necesito ayuda. Claro, te escucho. Los papás que ya están viejitos, la tía soltera, la gata enferma. ¿Qué sería de este mundo sin nosotras? Juepucha, que se embalan…

¿Qué está siendo de nosotras sin nosotras? tanto pa’ fuera, tan poco pa’ dentro… juepucha, que nos embalamos. 

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