Por: Manuela Agudelo

«¡Al ver lo que antes erais y lo que os han dejado,
sólo importa el silencio: todo el resto es quebranto!»

Alfred Víctor Vigny

Somos el mísero resultado de una sociedad del espectáculo, encarnamos el deseo de dormir despiertos, alienados de cualquier suceso que evoque el ser, almibarados por el sin sentido cómodo de nuestra existencia pueril.

Los exilios incomodan, esta cuarentena incomoda. Pone en duda la certeza de la vida plena, exitosa. Preferimos hablar de cosas relevantes, irrelevantes. Necesitamos nombrar con el único propósito de no escuchar.

Estamos en jaque, solos con aquello que aparentamos ser y con aquel ser que nos devela eso que siempre ignoramos.

Nos hiperproductivizamos pasivamente desde casa. Arraigamos la ilusoria necesidad de estar ocupados para rechazar lo otro que somos, cual sistema inmunológico.

Y es que estar desocupados y en silencio, implica bajar la guardia frente al pensamiento y pensar desata crisis que develan incluso la insustancialidad invisible.

¿Qué es esta crisis? ¿Será que es un complot? ¿Si habrá crisis económica? ¿Cuánto durará? ¿Conservaré mi trabajo? ¿Podré volver a la universidad? Preguntas que develan más preguntas ¿Qué pasará con esas personas de la calle? ¿Tendrán hambre? ¿Y quiénes no tengan conexión? ¿Qué pasará con los estudiantes de colegio y las familias que no tienen dinero ni trabajo?

Y entra la terrible afirmación por años omitida: tenemos privilegios. Sí, aunque muchos aramos el estado en el que estamos y ganamos lo que poseemos, iniciamos desde la renuncia de muchxs otrxs ¿Qué estamos haciendo entonces? ¿Qué significa en este sistema la dignidad humana? ¿Acaso existe? ¿Cuándo la economía subsumió la empatía? ¿Cuál es la solución? ¿Somos por naturaleza egoístas? ¿Cuánto resistirá el planeta? ¿Qué sacamos de la pasividad o de la reacción visceral de un momento de euforia? ¿Cuáles cambios estructurales se necesitan?

La incomodidad de la pregunta sin respuesta carcome el alma y obnubila el entendimiento. ¡Dichosos aquellos que descargan sus pesares en los hombros excelsos de seres supraterrenales! Pues así evaden la angustiosa responsabilidad que implica su existencia, reducida a la mísera concepción de poseer, acumular y competir. Aceptamos dócilmente el peso de los grilletes de una vida impuesta que no nos implica ningún esfuerzo, es más fácil acatar normas y seguir caminos que construir los propios.

Así, se develan entonces dos sendas igual de oscuras, pero al mismo tiempo diferentes. Una implica la ruptura, el dolor, el encuentro con lo mismo que no se espera, el crecimiento elegido, la fragmentación y la posibilidad de ser. La otra implica servidumbre, sofismas de distracción, ilusas creencias de felicidad y plenitud.

Entonces doy la bienvenida al silencio, a la crisis que otorga esta reclusión, a estar incómoda conmigo y con el mundo, porque al menos será mi decisión.

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