Por: Yolima Monsalve

«Todos los días se parecen y no es fácil contarlos.»

Si esto es un hombre, Primo Levi.

En mi corta vida de 25 años, nunca he querido imaginarme escenarios como el actual, porque hay un temor tan grande en mí a la crisis que siempre prefiero pensar que esas cuestiones, aunque sean lamentables, solo les corresponde vivirlas a otras personas (aunque en el fondo, sinceramente, quisiera tener el poder de impedir que alguien las viva -por más escoria que sea-). 

No obstante, ahora que estoy dentro de la crisis, que hago parte de ella, mi mayor temor es que esta situación se convierta en una pesadilla; lo que en mi cabeza quiere decir, experimentar el hambre sin que haya forma de saciarla, enfermar sin que haya atención idónea para calmar mis dolencias, sufrir y ver el sufrimiento de los otros sin que haya forma de paliarlo, no volver a ver a mis seres queridos, perderme la oportunidad de seguir experimentando momentos maravillosos al lado de personas que para mí guardan sumo valor y ser enterrada en una fosa común sin todavía tener construcciones claras en mi mente sobre quién soy yo y quién es el otro, cuál es el sentido de la vida, para qué estoy aquí, qué puedo hacer por los demás desde mi posición humana-profesional, cómo lograr dejar una semilla de esperanza en aquellos que todavía no conocen la magia de las letras, la palabra, el arte de hallar historias en todas partes (verlas, escucharlas, vivirlas, contarlas, leerlas en compañía de otros), el amor por lo que se hace y el deseo de querer seguir haciendo aquello que te nace del corazón y disfrutas con toda el alma… no quiero, como ese autor a quien tanto aprecio ni como ninguno de esos otros que me han acompañado desde su muerte con sus legados, abandonar este mundo tan pronto.

Enhorabuena, esta realidad para mí, todavía es mucho menos peor que una pesadilla; aunque el país en que está una de mis hermanas, haya sido declarado en estado de desastre; aunque funcionarios del gobierno corrupto en el que estamos inmersos, se roben las ayudas de las personas más vulnerables; aunque empiece a ver manifestaciones de las personas por televisión y por mi casa, exigiendo dichas ayudas -a riesgo de contagiarse-; aunque no tenga en mis manos la solución para los problemas de otros ni tenga certeza alguna de lo que vaya a suceder mañana; suena irónico, lo sé. Pero ¿saben porque esto no es una pesadilla para mí? Simple y sencillamente, porque estoy hablando desde la comodidad de mi propia experiencia y porque he empezado a leer el siguiente libro:

«Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rana invernal
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.»

Si esto es un hombre, Primo Levi

Así pues, se ve uno tentado a grabar esas palabras en su corazón, gritárselas al mundo entero para que se de cuenta de que este momento, marcado por la pandemia del covid19, no es precisamente esa pesadilla que algunos pensamos; que han habido tiempos peores que nos deberían doler y avergonzar como humanidad:

«Imaginaos ahora un hombre a quien, además de a sus personas amadas, se le quiten la casa, las costumbres, las ropas, todo, literalmente todo lo que posee: será un hombre vacío, reducido al sufrimiento y a la necesidad, falto de dignidad y de juicio, porque a quien lo ha perdido todo fácilmente le sucede perderse a sí mismo; hasta tal punto que se podrá decidir sin remordimiento su vida o su muerte prescindiendo de cualquier sentimiento de afinidad humana; en el caso más afortunado, apoyándose meramente en la valoración de su utilidad.»

Si esto es un hombre, Primo Levi.

Peor que tener hambre, sufrir la enfermedad, dejar de ver a los seres queridos y ser enterrado en una fosa común por causa de un problema de salud pública, es que te anulen como persona, te aniquilen tu condición humana y el mundo siga como si nada hubiese pasado… guardando silencio, olvidándose de la historia y creyendo que todo tiempo pasado fue mejor, cuando hay tanto por comprender y por corregir… no los hechos en sí, quién va a poder hacerlo; sino, ey, en el ser de cada uno de los que habitamos este caos llamado mundo, esta «sociedad».

Parafraseando lo expresado esta semana en una charla sobre «Comunidad y pandemias» por el maestro Alfredo Mires:

Deberían inventar más bien una vacuna para desinfectarnos el alma (…) un simple jarabe contra la estupidez y, sobre todo -le agregaría yo-, contra la peste del insomnio que amenaza acabar con la memoria de todo Macondo, tal cual se narra en «Cien años de soledad».

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