Anny Julieth Mazón Hernández

¿Acaso alguien ha pensado en nosotros? En los ansiosos, depresivos, bipolares y demás «enfermos mentales». ¿Alguien ha parado su día a día para pensar en cómo estamos? ¿Alguien se alcanza a imaginar qué tan difícil es esto? Pues creo que no. Por eso voy a tratar de describir lo que he estado sintiendo durante todos estos días de confinamiento.

Para mí es duro, muy duro, y creo que día a día estoy viviendo al 500%.

Mi día comienza tipo 9:00 de la mañana cuando me levanto. Aclaro que me levanto sólo porque sé que ese hombre hermoso, Federico, mi hijo, está esperando a su mamá para que lo acompañe durante el día. No temo admitir que es por él que estoy en pie, porque es él quien me da el valor para decir «esto también pasará». Pero… ¿cuándo?

Sin mucho valor empiezo el día. Para los que se preguntan si vivimos los dos solos, pues no, vivimos también con mi esposo y Fito, nuestra mascota. Walter es un verraco y me ayuda en todo lo que puede, él sabe y tiene muy claro que es mi apoyo y que sin él, esta familia no sería familia.

Bueno, después de un rico desayuno preparado por Walter, empieza todo a dar vueltas. Cogemos el celular y empezamos a leer artículos sobre… mmm… pues sobre lo único que por muchos días invade el internet, este virus loco que poco a poco va contagiando a muchas personas. Entonces empieza esta cabeza a maquinar más de lo normal y a reproducir esos estúpidos pensamientos: ¿Y si me contagio? ¡Qué voy hacer, juemadre! Yo soy paciente de alto riesgo, tengo la presión muy alta… Dios, y me coge ese desconsuelo y pienso, pues yo no me quiero morir y si me muero, pues entonces que seamos los tres juntos. Yo sola no… no, un rotundo no, porque no puedo dejar a Federico… ¿y cómo dejamos a Walter? Luego pienso: yo tan ridícula, ¡si me cuido no me pasa nada! y en esto patino todo el día.

También tengo días en los que pienso: no quiero más, esta casa me va a matar, si no me mata este virus, me mata el encierro; y quiero salir a caminar y caminar para recibir el sol, ver vacas y campesinos del pueblo, sus calles llenas de personajes… pero no puedo, entonces vuelvo a lo mismo: no quiero más.

Yo intento y ellos intentan hacerme la vida más fácil, porque, curiosamente y sin hablar de más, yo sé que en esta casa no nos preocupamos por hacerle la vida más fácil al niño, aquí lo que se hace es hacerle la vida más fácil a la mamá.

Las tardes llegan y en medio de mi ansiedad, he aprendido a hacer tortas y postres porque tengo que distraerme con algo. También pinto mandalas que supuestamente dan tranquilidad, pero a mí me dan es rabia, jajaja; también dibujo, hago crucigramas y estudio con Fede.

Llega la noche y mi cuerpo se siente muy cansado, pero… ¿cansado de qué si casi no hice nada? -me pregunto-. Sí, casi no hice nada, pero mi cabeza está diciendo que he hecho mucho por hoy. La noche llega igual, con mucho frío… un frío de esos que se te introducen por los huesos y lo único que te provocan es cama, pero te acuestas y la cabeza no para, sigue dando muchas vueltas; entonces me toca levantarme y tomarme unas pastillitas para poder dormir, porque algo muy claro que he aprendido de todo este proceso, es que debo descansar para tener energía al siguiente día, para seguir dando vueltas en medio de este gran baile, al que yo llamo “el baile del salón”.

Por el momento, por más angustiada o decaída que me sienta, estamos bien y logramos empezar nuevamente a darle vueltas a este disco un día más. Un paso a la vez.

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