Por: Natalia Duque Cardona

«Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez,
¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente,
en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida.
Nunca nada más que en el siguiente.”

Momo, Michael Ende

En mi caso, cumplo hoy exactamente 18 días de aislamiento. Entre lo voluntario y lo imperativo, he tenido seguro unos días mejores que otros, pero en todos hay algo en común y es la convergencia de emociones que ya sea al inicio o al fin del día, me dejan en un estado convulso y desorbitado.
Hoy, por ejemplo, fue uno de los días en que la desesperanza me agarró al amanecer, cuando debía, de acuerdo con las indicaciones y mi compromiso contractual con mi amada Alma Máter, disponerme al teletrabajo; sin embargo, después de ver y escuchar las noticias y medidas que se tomarían en la voz de la Alcaldesa, quien desearía hoy fuera la presidenta, me desmoroné. Me fui cayendo y hundiendo en un profundo hueco al hacerme consciente de que no faltan 13 días sino que pueden faltar incluso más de 60. Caí en un profundo desánimo al recibir un artículo en el cual alertaban de los riesgos de este confinamiento en materia política. Pues si bien sé que algunos de los temas que plantea el profesor que analizó los modos en que diversos gobiernos del mundo han asumido a este bicho, que no es bicho, sino a este pedazo de proteína, de ARN, son diversos y hay algunos que pueden rayar con las dictaduras, la represión y la limitación de derechos constitucionales, hoy no veo otra salida a este sin sentido y desde hace 18 días sin que aún existiera una cuarentena, yo misma me resté las libertades y las de mi familia (incluso, en ese momento, muy en contra de mi compañero).


Tal como lo dice Bepo Barrendero en Momo, voy dando un paso a la vez, trato de solo pensar en el paso siguiente, pero de repente recuerdo que además de teletrabajar soy madre, que Alicia se levanta incluso primero que todos en casa y que cuando yo estaba con mis audífonos puestos, escuchando la entrevista a la alcaldesa a las 6:00 a.m., ella ya yacía en la puerta de mi habitación mirándome y esperando que la llamara para darle un abrazo. Recuerdo que también está Matías, a quien este proceso le ha pegado más fuerte que a Alicia y que incluso ayer en la noche nos decía que quería salir ¿Quizá una opción sea pasear al perro?
Recuerdo que además soy profesora, investigadora, madre, compañera, hija, nieta… Hija de una madre a la que llevo más de diez días viendo por vídeo llamadas y con profunda preocupación de su humanidad y de la de mi abuela, que cumple 89 años en veintidós días y que seguramente no podré estar con ella; que es la mujer que estuvo en mi crianza. Y sí. Lloro cuando escribo esto, lloro porque esto me sobrepasa, porque esto me puede, porque ayer en la noche la profe de Matías (a quien amo y admiro profundamente) nos compartió un vídeo que, intuyo, maestros argentinos hicieron para hablarles a sus estudiantes de este momento, invitándoles a mantener la escuela abierta. Pues cada quien en este fragmento ínfimo de tiempo tiene un momento en que le toca ya sea por la guerra, por la dictadura, por la revolución… le toca mirar cómo no desistir, cómo no desfallecer, cómo mantener la esperanza que yo hoy no tengo, esa que con pocos días de los muchos que tendremos que estar en casa, ya voy perdiendo.

«Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa de ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo.”

Momo, Michel Ende

Luego caigo en cuenta de que esa apatía nos implica no pensar ni hacernos cargo de lo que nos está sucediendo, creer que todo pasará y que la “normalidad” regresará como si nada hubiera ocurrido. Estamos tomando todo tal y como viene, dándole tiempo al tiempo para volver a la “normalidad”, pero no nos damos tiempo para preguntarnos y ver cómo transitar aquello que no nombramos, porque no es nada.


Pensándolo bien, tal vez no fue la alcaldesa, desde ayer ya estaba bastante convulsionada al ver ese vídeo y pensar en esa otra yo: La profe. Respiro y trato de pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, sólo en eso, pero caigo en cuenta de que tal vez puede no haber paso siguiente; pues eso que llamamos empatía lo siento abatido, ausente en el estudiantado, siento que no es que no nos toque, es que nunca estamos preparados para que nos toque, pero cuando eso ocurre se nos olvida que para llevar 20, 30, 50 días, necesitamos del otro, de la otra. Y siento que he estado mirando afuera, buscando cómo tejer redes, pero hoy me siento sola, abatida, porque esas redes son para otros y otras y no me ocupé de mí. Que lo poco o mucho que pueda hacer no cambia nada en un mundo obtuso y patas arriba, pero sí cambia todo en mí, pues llevó una década sin ocuparme. Y que, si no fuera por unas otras cercanas y hermanas, ni siquiera podría escribir esto hoy (cuando lean esto sabrán que gracias a ustedes pude llorar palabras y ponerlas en texto).


Y aunque vaya dando un paso a la vez, siento que me han robado el tiempo, que no sé si los hombres grises que le confiscaron el tiempo a Bepo, también tengan el mío y que tal vez este virus que ha hecho que hoy pierda la esperanza y sienta que no puedo más, es el mismo que ha hecho que después de diez años tome nuevamente unas acuarelas y haga una flor chueca. Que este mismo pedazo de proteína me ha hecho el llamado a recordar que no puedo salvar el mundo si primero no me salvo a mí. Que llevo 18 días levantándome en una casa donde sólo a la hora del almuerzo veo a Matías y a Alicia, que la vida es eso que pasa mientras simulamos vivir. Y que tanto esfuerzo dado a otros que sólo se ocupan de sí, no tiene ningún sentido porque ante una crisis como esta aparece el sálvese quien pueda y no el venga parcera ¿cómo le hacemos? ¿cómo nos salvamos juntes? Empero, ese dichoso virus me ha puesto enfrente además de la apatía a esos seres que me salvan: Alicia, Matías, la mamá, la abuela, el flaco, las Ancestras, Vivi, Danna, Santi, Yoli, Has, el círculo de mujeres, Kro, Joha, Sandra, Anita, Beatriche, Cami, Alexa, Juan, Mai, Óscar, Tere, mis estudiantes, la familia, Olguita, Espe, Didier, las profes del GIM… ustedes.


Ojalá que cuando esto termine, porque ahora que es de noche tengo menos desesperanza y creo que este momento puede ser finito, podamos mirar esta frase y sentirnos un poco, aunque sea un poco, identificadas:

«Fueron pocos meses los que pasaron así, y no obstante fue la temporada más larga que Momo experimentó jamás. Porque el verdadero tiempo no se puede medir por el reloj o el calendario.”

Momo, Michael Ende

Habiendo por supuesto entendido que este tiempo puede ser el más importante de todos y que ahora sólo podemos ocuparnos de la inspiración siguiente, de la barrida siguiente y de confiar, de aludir a esa empatía que tanto nombramos para encontrar las maneras de transitar esto juntas, juntos, incluso con quienes nunca pensamos hacerlo.

Flores hechas después de 10 años de no usar acuarelas en modo COVID-19

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