Por: Luis Fernando Mazón

Están pasando cosas increíbles. Qué cuarentena tan productiva (obviamente si lo vemos por el lado positivo que, a mi modo de ver, es lo mejor que podemos hacer).

Mientras nos preocupamos pensando en qué pasara mañana, hoy me di cuenta de algo increíble y quedé sorprendido, estupefacto. Hasta me dije a mí mismo: ¡En qué mundo estaba que no me había dado cuenta de tanta maravilla! ¿Qué es este cambio tan radical? ¿O será que siempre estuvo ahí y por estar con la mirada perdida y a la deriva no le había prestado atención? Probablemente fue así. La misma sintonía de desconexión. Sí, la misma frecuencia ciega en la que estaba programado. Pero esta vez quedé sorprendido al arrancar el día (con la continuidad de siempre) porque hubo una diferencia particular…

Antes del encierro preventivo, cuando salía de casa, tenía la mirada clavada en frente o en el suelo; pero siempre automática y perdida en ninguna dirección. Hoy en cambio, hice algo muy diferente cuando el día comenzó. Primero, no salí de casa (como es apenas lógico en estos días de cuarentena), pero me postré junto a la ventana con la mirada alta y mis ojos apenas recién abiertos, todavía sin asimilar el fogoso resplandor de la mañana. Observé (nada de miradas vacías) un cielo colorido blanco, azul, transparente… atravesado por un rayo de luz incandescente marcado por un círculo y una figura nunca antes apreciada por mis turbios ojos. En palabras más sensatas, algo indescriptible.

Y más sorprendido quedé al observar desde mi ventana las verdes montañas que ya habían recuperado su color y un rayo de luz que penetraba con todo su furor filtrándose entre rama y rama. Pero eso no era todo, el panorama a mi alrededor se apreciaba curiosamente limpio. Se podía sentir la suave brisa, su pureza y su fragancia; en vez de contaminación, una leve calma que solamente generaba paz.

Me pregunto: ¿Será que este confinamiento obligado le está dando la oportunidad a nuestro planeta de oxigenarse y sanarse de las heridas que le causamos nosotros, los humanos que hoy estamos atados, amordazados con temor a perderlo «todo» (hasta nuestra propia vida)? Los animales hoy se pueden desplazar de lado a lado sin ningún temor, las quebradas con sus peces recuperaron el caudal y su color original. ¿Será que somos los culpables de que esto solo se pueda apreciar en tiempos de terror y miedo a lo peor?

A Dios le pido que una vez termine esta larga y oscura noche, al amanecer mis desgastados ojos, desde la ventana, puedan seguir admirando el esplendor y mi cara se perfume con la brisa y el olor de pétalos de flor.

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