Por: Elizabeth Barahona.

No supe en qué momento pasaron 26 años. Me despierto y pareciera que es un día como cualquier otro, un día común y corriente en que me esperan muchas cosas por hacer. ¿Qué podría decir que ya no imaginen? bueno, varias cosas. Comenzaré contándoles que esta cuarentena mientras muchas personas la pasan con su familia, yo, como tantos estudiantes foráneos, me encuentro lejos de ellos, en una habitación alquilada, viviendo con ocho personas ajenas a mi círculo familiar, con las cuales medio interactúo para evitar posibles conflictos que dañen la convivencia de la casa. Así que mi rutina diaria ya está establecida desde el momento en que me levanto.

Ciertamente, debo decir que, aunque lo parezca, no todo es malo: cumplir años en cuarentena lejos de tu familia, te hace tener que improvisar tu propia celebración, hacer los preparativos a tu gusto y de acuerdo con tus posibilidades. Hace algún tiempo no hubiera podido compartir una palabra con mis amigos y familiares porque no existían ni el internet ni el teléfono, no tendría la posibilidad de leerlos, verlos o escuchar sus voces y en general, podría haber sido un día bastante sombrío y solitario. Pero hoy apenas desperté, llamé a mi madre ¿a quién más sino a ella? esa mujer que en 1994 estaba en labor de parto, rogándole a ese Dios que tanto ama que su bebé no muriera, como en años anteriores ya le había sucedido.

Imagen cortesía:
Poesía Beat

En fin, cada año desde que recuerdo ella afirma que también está de cumpleaños por tenerme, así que me dispuse e hicimos videollamada. Duramos tres horas hablando y mientras yo arreglaba aquí, preparaba mi almuerzo, etc., ella me contó las buenas nuevas con lo que había hecho la noche anterior. Bromeamos y nos despedimos para ir a comer. Primer autoregalo del día: espaguetis con albóndigas y ensalada.

Luego de esto me puse “a estudiar”, pero fracasé rotundamente en el intento. No sé cuántas veces leí la misma frase hasta que me di por vencida y como tenía más concentración un pez que yo, me puse a contestar los mensajes de felicitación que me habían llegado. Para mi sorpresa, fueron muchos más de los que me imaginaba iban a ser y de personas que no pensé me iban a escribir. No faltó como bien casi predijo mi mejor amigo, el mensaje inesperado del ex tóxico que, aunque uno le diga que no le vuelva a hablar, busca los medios y por ahí resulta. Pero bueno, paso página.

Aquí viene otra confesión y el segundo autoregalo del día: quienes me conocen un poco más, saben que uno de los placeres que más disfruto es tomar vino, y como sabía que tendría que pasar el cumpleaños sola, compré una botella hace unos días (del D1 porque tampoco hay para tanto). El caso es que mientras contestaba, me serví una copa y sentí la gloria bajar por mi garganta. De hecho, la gloria duró hasta las doce de la noche.

A las seis de la tarde, recibí otra videollamada (ya la habíamos planeado con mi mejor amiga de la Universidad), pero no contaba con que ella, su madre y su hermana habían decorado su casa para celebrarme y cantarme el cumpleaños a distancia. Debo confesar que lloré al verlo, lloré por tantas veces que me he sentido sola, por tantas veces que he sentido que no cuento con nadie, que he sentido que soy una molestia para el mundo. Y también lloré de sorpresa y felicidad, al saber que en realidad como dice el mantra que intento repetirme diariamente: “cuento con personas maravillosas en mi vida, que me valoran, acogen, acompañan y fortalecen siempre.”

A mis 26 años, sé que soy muy afortunada por todo lo que he vivido, por todo lo que he pasado y superado, por mi familia, por las personas que me rodean, porque aún estando en cuarentena, ha sido un cumpleaños muy diferente a los demás, en que me he sentido acompañada y querida. Así se fue yendo mi día: hablando con mis amigas, amigos y conocidos, mis compañeras de la universidad, mi madrina de bautizo, mi madre que por WhatsApp me seguía mostrando sus artesanías, consintiendo a Toby el perrito de la casa donde vivo, escuchando rock clásico, viendo Star Trek y tomando vino barato.

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