Por: Manuela Agudelo

Día x de reclusión, una caja de aromática de cedrón, media de té y dos bolsas de café.

Estoy cómoda. Sin embargo, desde mi comodidad me angustio. ¿Qué será de quienes no tienen pan y techo como yo? ¿Dónde están sus garantías? Identifico para quiénes gobiernan quienes lo hacen. ¿Qué puedo hacer yo para ayudarlos? Cada una de estas preguntas me aturden todos los días desde que estoy en cuarentena.

Sumado a ello, me carcomen las responsabilidades que en un momento con circunstancias diferentes, asumí.

Clase virtual a las 8:00 a.m., a las 10:00 a.m. y a las 12:00 m., tomo café; a veces escucho, otras solo oigo. 1:30 p.m. almuerzo, 2:00p.m. trabajo.

Tecleo, busco, googleo. La conexión se pierde, me estreso. Pasan las horas, 24 correos en una tarde -«cuida tu salud mental, curso virtual gratis, mantén tus manos limpias, próxima reunión…»- y el WhatsApp nunca había estado tan lleno.

De fondo, las noticias anuncian nuevos casos, nuevos muertos, más multas. Afuera es un caos y adentro también.

Me duelen los ojos y un poco la cabeza. Me levanto a prepararme un té. Salgo un momento al balcón a tomar aire, hay una discusión al frente. Se siente la tensión en el aire.

Vuelvo a mi habitación. «Ya casi termino», me digo. Tecleo, busco y googleo.

Y así todos los días entre ruido y angustia: tecleo, busco, googleo…

Persistencias de la memoria, Salvador Dalí
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