Por Hasbleidy Rivera Cano

Mi papá decía que su verdadera parroquia era la iglesia del Parque Berrío. Casi siempre nos veíamos en la puerta de la iglesia, para ir de tinteadero en tinteadero. El primero era el de Martica, que queda por esa calle estrecha del costado de la iglesia, ese tinteadero era nuestro preferido. La primera vez que fuimos juntos, mi papá me dijo que me tenía un tomadero de tinto nuevo muy bueno, yo le dije que yo también le iba a mostrar el mío y, oh sorpresa, ¡era el mismo! Desde ese día, se convirtió en la primera parada de la ruta. Luego, cogíamos hacia Junín (espero que no se hagan los españoles, aquí en Antioquia en lugar de decir «se fue por allá» decimos «cogió para allá»). Como decía, el resto del recorrido transcurría por la calle Junín. Nos íbamos mirando vitrinas hasta encontrar una banca vacía y si no encontrábamos ninguna, nos parábamos en una esquina a echarles la «mala pata» (un especie de «mal de ojo» que nos inventamos con el propósito de enviar vibras de aburrición a los que estaban sentados para que se fueran a coger oficio a otro lado), comenzábamos a cuchichear pasito entre nosotros:  «que se vayan, que se vayan, que se vayan» y pues, como que funcionaba, porque terminábamos sentados en una banca de Junín mirando pasar la gente y criticando a otros desocupados como nosotros dos. Cuando nos aburríamos de ver pasar la gente o cuando nos echaban la «mala pata» a nosotros, no sé, nos íbamos para Versalles a tomar capuchino con empanadas argentinas, que según lxs amigxs visitantes son mejores que las que venden en Argentina. Para mí juniniar y mi papá, siempre serán serán sinónimos.

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