Por Yefferson Minota

Yo soy lo que llevo por dentro
y lo que siento,
eso es mi color de piel.

Quint Buchholz

A la deriva, mi nombre, por eso me voy, soledades propias confinadas al delirio, mi delirio. La tarde, la lluvia, me abrazan lentamente mientras corro sin un fin, sin un camino definido para llegar a no sé dónde, pero llevando prisa en mi interior. Mi alma dice vete, vete muy lejos de aquí y yo no sé adonde ir. Ante mí, la noche oscura se dibuja como si fuera un sepulcral silencio tallado en el corazón, mi corazón. Pero detrás de ella, se esconden temores, ruidos, en fin, el caos es el que reina, yo estoy al frente de él o él está al frente de mí, no puedo saber quién de los dos es el invasor; quizás ella, quizás yo. Pero uno de los dos no puede, no debe estar y es por eso que a la deriva me voy con mi dolor, mi pena.

En mi propio delirio, encerrado me encuentro, alarmado, asustado porque hay algo ahí que no puedo descifrar. Algo que me invade, me usurpa la poca felicidad de los años, los pocos años a los que he sobrevivido. La luna, el sol, se hacen eternos y me roban, me roban todo lo que he soñado. La vida, sí, mi vida ha cambiado y yo no sé cómo enfrentar lo que vendrá después. El miedo en forma de peligro se aferra a mi piel. Los tonos azules y coloridos de mi alma, día tras día se han nublado. Tonos grises ahora lentamente reclaman sentimientos ajenos, sentimientos míos, pero que ya míos no son, en cierta forma.

La otredad, al mirarme al espejo y ver en él mi reflejo, aparece impávida, retándome a vivir o a morir, pues sabe de mi angustia, de la angustia de estos días, de muchos, de todos. Esa otredad, ha llegado en forma de veneno; como un virus, se riega y mata a muchos, tiene el panorama definidamente sometido ante su poder, demostrándome que la vida es tan frágil, tan débil que se puede quebrar en cualquier momento. Ese es el miedo que siento, por el cual huir quiero, lanzándome a la deriva de mi propio delirio, y todo es negro al al abrir los ojos de nuevo.

Rezar a un dios es tal vez la solución para que a mis pesares otorgase clemencia, pero no lo sé, cómo saberlo si me siento abandonado, solo, con muchos pero realmente solo, habitando la soledad de mi alma. Por eso he decidido irme ya al rincón de mi propia realidad.

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