Por Manuela Agudelo

El cabello afrorizado fue una característica propia, genéticamente hablando, de nuestros ancestros africanos. Para ellos, el cabello era símbolo de su cultura, clase social, religión e incluso de su situación marital.

Luego de la colonización y durante la época esclavista, el cabello se convirtió en símbolo de resistencia en el cual se podían trenzar rutas de escape, albergar oro encontrado en los ríos para comprar la libertad de los más jóvenes y conservar semillas originarias de su tierra natal para no perder sus costumbres alimentarias. 

Hoy en día, luego de la abolición de la esclavitud en Latinoamérica durante el siglo XIX, la marca que la colonización dejó sobre los descendientes de quienes fueron desarraigados del territorio africano y sobre los nativos americanos, ha sido la más difícil de borrar: la colonialidad, la cual ha impulsado el desconocimiento de la diversidad cultural que nos caracteriza, producto del mestizaje derivado de la conquista española, subvalorando nuestras raíces negras e indígenas e imponiendo la cultura europea como eje a seguir.

El cabello afrorizado, a diferencia del color de piel, es una de las características genéticas que no se ha perdido, por ello encontramos personas que a pesar de tener la piel clara, poseen cabellos característicos de nuestros ancestros africanos. Sin embargo, la huella colonial ha sentenciado el cabello afrorizado como un sinónimo de fealdad, desorganización y mala presentación personal, por lo tanto, dichas sentencias sociales han desencadenado un odio generalizado hacia los cabellos afrorizados y han propiciado estereotipos de belleza según los cuales el cabello debe ser sedoso, lacio y sin frizz para poder desempeñarse «adecuadamente» en cualquier entorno social sin ser víctima de discriminación. Así pues, estos estereotipos de belleza, legitiman y reproducen la violencia simbólica.

Por lo tanto, mirar con ojo crítico la historia que nos cobija y reconocer los esfuerzos de quienes han tratado de preservar generacionalmente la cultura negra, ha permitido que muchas personas reivindiquen nuevamente la identidad que les fue robada, utilizando como un símbolo de resistencia, el cabello afrorizado. 

Sin embargo, reconocer la discriminación y la desigualdad nos compete a todos y todas, seamos o no de color, seamos o no afrorizadas. Las luchas contra la discriminación no se deben adjudicar exclusivamente al conjunto de personas que la han vivido en carne propia, debemos entender las condiciones socio-históricas que acompañan ciertas formas de vida y a partir de la empatía y el respeto, acompañar y luchar juntxs, porque yo como mestiza de piel clara y cabello afrorizado, reconozco que existe la segregación, la discriminación, las clases sociales, el patriarcado, el capitalismo, la desigualdad, el hambre y otro sinnúmero de fenómenos que atraviesan el mundo y lo hacen complejo. Pero reconozco también que no puedo afrontarlos sola, y que unas problemáticas me afecten menos que otras no implica que me haga la de la vista gorda, porque no es una cuestión de intereses personales o individualidades, se trata de juntanzas lo que permitirá al mundo avanzar. Porque el cariño y la empatía son revolucionarias al igual que dejar mis rizos gritar al aire que también son bellos. 

Hair Love [Captura de pantalla]
por Oscar®-Winning Short Film (Full) | Sony Pictures Animation . CC.

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