Por Manuela Agudelo y Yolima Monsalve

«Bonita la suerte de venirnos a cruzar, bendita la palabra que se ha alzado por el pan, benditxs compañerxs de buenas revoluciones, benditos pensamientos que se volvieron canciones.»

La muchacha

En Colombia se es digno si se tiene plata y si se está del lado del “bien”, pero todo aquel que presente carencias económicas y que de paso pueda ser tachado por “mala conducta”, ha de ser considerado indigno; es decir, desmerecedor de los derechos fundamentales con los que supuestamente nacemos, crecemos y morimos. 

Por eso los pobres tienen que mirar a ver cómo van a hacer para brindarse a sí mismos la vivienda, la alimentación, los servicios públicos y el vestido que les hace falta; tienen que mirar a ver cómo van a hacer para estudiar en la vida. No pueden por nada del mundo pretender que el estado les alcahuetee la holgazanería de haber nacido en la carencia. Y si por alguna razón, se les ocurre ponerse a hacer uso del derecho legítimo a la protesta, entonces cuál es la solución: etiquetarlos como “vándalos”, un término muy práctico que cumple la función de otorgar carácter de “mala conducta” al gran número de manifestantes que sale a exigir sus derechos en las calles -independiente de que solo unos cuantos materialicen su digna rabia en daños contra símbolos de opresión y no contra todo lo público, como suelen decir por ahí-, legitimando el ejercicio de la violencia por parte de las fuerzas armadas del estado, que se enfrentan a estudiantes y demás manifestantes desarmados, quienes si acaso podrán usar una piedra o un escudo en su defensa; desponjándolos, en consecuencia, del único derecho humano del que se pueden valer en la vida: la vida misma.

Dicho esto, no ha de parecer extraño que en un país sin oportunidades como este y con una brecha de desigualdad tan grande, la gente ya no tenga mucho que perder. De ahí que, a raíz de una serie de reformas absurdas en plena pandemia -reforma tributaria, reforma de la salud, reforma de pensiones- y con una caída en picada de la economía, salieran a las calles millones de colombianos y colombianas a defender lo poco que tenían para sobrevivir.

Arengas, piel y arte, mucho arte, han sido los mecanismos de reclamación del pueblo colombiano; piedras, tablas y capuchas su única defensa frente a tanquetas, fusiles y gases lacrimógenos que extinguen día a día los sueños de la juventud, quienes encaran hoy la masacre que se ha trasladado a la ciudad, a manos de la fuerza «pública» que parece ser más privada que del pueblo.

Imagen cortesía: La Palabra

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«Nos estamos matando por el pueblo» se escucha decir con frecuencia en las entrevistas a primeras líneas de distintas partes del país, frase que dota de significado la rabia y el accionar de las personas, conscientes de la renuncia a la vida que implica salir a las calles en estos tiempos de dictadura.

¿Pero qué implica la renuncia a la vida? Implica valentía, implica hacer uso de la palabra y arriesgarse a desaparecer por ello, implica reconocer la vida no solo como la ocupación de un espacio sino como la dignificación del existir propio y ajeno, implica resignificar lo establecido, pintar denuncias y gritar canciones de protesta que dan sentido a las luchas de la gente de a pie; como por ejemplo esa que dice:

«Exigimos respeto por la vida
Exigimos mejor educación
Exigimos la verdad en las noticias
Exigimos toda la información
Exigimos que el agua se proteja
Porque no hay nada que tenga más valor.»

Doctor Krápula.

Renunciar a una vida impuesta de pobreza y sumisión implica un acto insurgente de dignificación de un proyecto de vida, aunque eso signifique perderla en el intento para dejar un precedente a las generaciones venideras.

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