Por Jaime Vélez
Providencia, Isla

«El peligro ya pasó, ahora viene lo peor.»

La biblioteca del pueblo sumaba más ejemplares que el número de sus habitantes. Los triplicaba. Quince mil libros en perfecto estado con sus pastas protegidas por un plástico duro y transparente, reposaban en las estanterías alrededor de un silencioso salón. 

Hasta allí, llegó una noche un huracán ávido de lectura y, en menos de cinco horas de fuertes vientos y lluvias torrenciales, los leyó todos -se salvaron cien heridos-, derribando a su paso techos, paredes, estanterías y libros que ya no se abrirían jamás. 

Desolación, tristeza e impotencia inefables, pero más que todo ira, fueron los sentimientos que mostraban los rostros de sus habitantes al amanecer del día siguiente, cuando la brisa y la lluvia se calmaron poco a poco y pudimos observar sin poder creer lo que veíamos. 

Las viviendas yacían en escombros bajo los pies y tardaríamos mucho tiempo en aceptar que nuestras vidas ya no serían las mismas porque todos lo habíamos perdido todo. 

Nadie -y aún ahora- se acordó de la biblioteca, de los quince mil libros bellos y bien tenidos, del silencio y la frescura del sitio, sencillamente porque nadie había ido a pedir prestado un libro y, sin temor a equivocarme, porque la mayoría de la población adulta jamás la conoció. 


Imagen cortesía Prensa de la Presidencia de Colombia y extraída de BBC NEWS

Fue así como ellos murieron bajo la desprotección más horrenda, sin que nadie los hubiera tocado, abandonados como niños huérfanos que esperan inútilmente ser abiertos para respirar y sentir la respiración de algún lector. 

Cuatro personas y catorce mil novecientos libros, fueron las víctimas fatales que dejó el huracán «Iota» a su paso por la Isla de Providencia. El conteo de los animales muertos no se hizo, pero los pedazos de reses en medio de la carretera y las lanchas en contravía, interrumpieron el paso por varios días. Olas de seis metros, las habían lanzado lejos del mar sin considerar su tamaño y su peso; hubo que salir a buscarlas al monte o entre los manglares heridos, sin hojas, avergonzados de su desnudez. 

Solo los cangrejos se salvaron en sus cuevas, los vimos cinco meses después bajar hacia el mar a depositar sus huevos. Los manglares nunca recuperaron su verde follaje, quedaron de pie mostrando su intrincado costillaje como diciéndonos que aún no han muerto.

Hoy, seis meses después, las casas que solo habían perdido el techo, ya tienen techo nuevo y el gobierno ha comenzado la construcción de la biblioteca. Las otras viviendas que fueron pero ya no son, siguen a la espera. Son mil doscientas casas, mil doscientas familias viviendo bajo carpas que hierven durante el día, obligando a las personas a salir de ellas mientras el calor está adentro desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche. 

La biblioteca también seguirá esperando lectores que lleguen para abrir sus libros y hacerlos sentir vivos otra vez después de lo que pasó esa noche del huracán, cuando todos lo perdimos todo sin siquiera haber leído un libro de la biblioteca municipal.

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